Entrevista del Ateneo de Ponce a Fernando Cabrera – poeta dominicano

4 de noviembre del 2000

Realizada por las profesoras María I. Chaparro Serrano y Lesbia Cruz Alfonso

Ateneo: ¿Qué es poesía para usted?

Cabrera: Quizás para contestar deba referirme al concepto primigenio poiesis que significa creación; en este sentido, antes poesía aplicaba a toda acción de inteligencia u oficio creativo, abarcando incluso las manifestaciones artesanales. Arte era todo aquello fruto de la inventiva, después este concepto evolucionó hasta el significado actual de propuesta estética a partir del lenguaje, en donde este como tal constituye el fin último del acto de creación. El único ejercicio intelectual en que el lenguaje es en sí el arte mismo es la poesía. La narrativa utiliza las palabras para crear mundo, para decir otras cosas. Pero la poesía busca la belleza a partir exclusivamente de los recursos de la lengua. La vocación primera de los poetas es la síntesis o condensación del pensamiento y sentimiento trascendentes en la palabra. Ahí radica la diferencia básica del poeta con cualquier escritor de otro género. El narrador se preocupa por que lo que se esté contando resulte interesante, lógico, un universo verosímil y autosuficiente. El poeta se preocupa porque el contenido o fondo esté expresado con efectividad formal, estética.

Ateneo: ¿Qué lo motiva a escribir poesía?

Cabrera: La poesía es el primer paso que todo escritor novel dominicano debe dar, pues es nuestra principal tradición lieteraria. El nuestro es un país de poetas. Independientemente de que muchos de los autores criollos no tengan el reconocimiento internacional que los pertencientes a otras literaturas (como por ejemplo: la cubana, con Lezama Lima, la pereuana, que tiene a Vallejo; la chilena, en donde hay poetas archiconocidos como Huidobro, Neruda y a Gabriela Mistral; la argentina que tiene a Borges y la mexicana, universalizada por Octavio Paz), ciertamente, en cuanto a cantidad y calidad de logros poéticos, estos no tienen mucho que envidiar. Contamos con autores como Manuel del Cabral, exqusito poeta de múltiples posibilidades, para algunos críticos el primer poeta metafísico de latinoamérica con su poemario Los huéspedes secretos publicado en los años cincuenta. Además, Cabral junto a Nicolás Guillén y Matos Paoli popularizó el tema negroide, aunque desde una perspectiva extraña, de solidaridad ajena, puesto que para los dominicanos este tópico no resulta muy relevante puesto que no sufrimos, como en otras islas del caribe, de esclavitud prolongada, puesto que pasamos por un proceso intenso de mestizaje de casi doscientos años. Manuel del Cabral escribió poesía negroide pero referida a la situación haitiana, como poeta interpretó y asimiló el dolor ajeno, su visión es sobrecogedora pero distante. Probablemente Nicolás Guillén en Cuba y otros autores haitianos presenten una memoria más auténtica; con Palés Matos, ya que era blanco, pudo haber pasado lo mismo que con Manuel del Cabral. El sentimiento racial de Cabral es, no obstante su valor estético, algo contemplativo, sin el tinte de los poetas cuyas sociedades sufrieron de esclavitud. El tema de identidad caribe, como sincretismo racial, como universo mestizo, encuentra su mejor expresión en Yelidá, de Tomás Hernández Franco, otro poeta fundamental dominicano. También entre nuestros grandes poetas tenemos a un Franklin Mieses Burgos. Como nota pintoresca, un escritor dominicano ganó el premio nacional de ensayo en 1998 con una tesis arriesgada, sugiriendo a Burgos como maestro de Borges. Independientemente de lo real de esta afirmación, ciertamente Burgos es un poeta de altísimo nivel. Asimismo, destacables resultan Freddy Gatón Arce autor de Vlía, primer libro surrealista en Latinoamérica, y Pedro Mir con su importantísimo poema Hay un país en el mundo.

No resulta fácil escribir novelas en un país sin mercado del libro. La novela responde a esquemas de desarrollo socio-económico y es, en cierta forma, la culminación natural de evolución de los generos literarios. Cuando un pueblo tiene una novelística fuerte ha pasado regularmente por el cultivo amplio de la poesía, o bien, del cuento, en donde el estímulo primordial de quien escribe es la íntima expresión, contrario a la narrativa de largo aliento que corresponde a un estado de realización de la sociedad en que existe garantía económica, de mecanismo para que el escritor disponga de suficiente tiempo para acceder a la estructuración de un texto de mayor complejidad y extensión. La poesía por su carácter reflexivo puede ser escrita de una manera más pausada que la novela. Una novela implica cientos de páginas que no pueden ser escritas en horas libres, supone ejercicio diario de cuatro o cinco horas continuas de escritura; como se ve, un oficio parecido a los convencionales. La poesía es fruto de la destilación de razón y sentimiento; el pensamiento depurado en imágenes requiere de un proceso de concepción interior, siendo poco cuantificable o relevante el tiempo efectivo dedicado a la plasmación escrita. Existe la posibilidad de hacer poesía fragmentaria o poesías cortas que al final, si se parte de trabajo disciplinado y coherente pueden definir en un libro. Nuestras grandes figuras literarias son casi todas poetas, nada má natural que mi vocación literaria se inclinara por este género.

Ateneo: ¿A qué generación de escritores dominicanos pertenece? y ¿cómo se puede comparar su poesía con la de otros poetas de su generación?

Cabrera: La ubicación en generaciones corresponden a los críticos y estudiosos para facilitar la comprensión de la literatura y resulta independiente a cualquier consideración que incluso el propio autor pueda tener al respecto. En lo personal me considero independiente, ajeno a las circunstancias común de nuestra poesía finisecular llena de manifiestos y de teóricos en búsqueda de feligreses; sin embargo, algunos me sitúan en la generación del 80, probablemente debido a la gran amistad que me une con José Mármol, principal mentor de esta corriente poética, autor de los excelentes libros La invención del día, Lengua de Paraíso y Deux ex machina; sin embargo, mi primer libro fue publicado en 1990 lo que de entrada evidencia un rezago de varios años con este movimiento. Definitivamente mi poesía presenta afinidades temáticas y formales con los poetas de los ochenta, sin embargo, también existen rasgos diferenciantes. Los poetas ochentistas escriben textos cortos, densos, de tendencia filosófica, escéptica, de rechazo radical de Dios, privilegian los extremos, el suicidio... Mi poesía, aunque impregnada de esta atmosfera, fluye sobre una estrategia escritural distinta. Escribo poemas extensos, estructurados, con propuestas narrativas más que líricas, cosmogónicas, cercanos a las propuestas de Domingo Moreno Jimenez en el Poema a la hija reintegrada, a Tomás Hernández Franco en Yelidá, a Pedro Mir en Hay un país en el mundo, a Lupo Hernández Rueda en Círculo, a la búsqueda de los Sorprendidos (particularmente de Franklyn Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce , Fernández Spéncer y Manuel Rueda), también comparto gustos estéticos con Manuel Rueda particularmente en Por los mares de la dama y Metamorfosis de Markandal, Cayo Claudio Espinal y su Banquete de aflicción, y José Enrique García y su obra El fabulador. En realidad me siento en la línea de continuidad -y no de ruptura- de la poesía dominicana de todo el siglo recién pasado.

Ateneo: ¿A qué se debe esto?

Cabrera: A que soy de Santiago y estoy al margen de las influencias cotidianas de Santo Domingo, en donde cada día se cocinan, o cocinaron, las poéticas en boga quizás como contraposición a la poesía ideológica de los 60. Al momento de iniciarme en la escritura no residían poetas en Santiago, y por ende no existían brechas generacionales ni estéticas a contraponer. Aunque contamos con grandes figuras poéticas, como Tomás Hernández Franco, José Enrique García, Manuel del Cabral y Domingo Moreno Jimenez (este último santiaguero por incidencia de vida pese a que José Rafael Lantigua establece que es oriundo de Santo Domingo), la regla general fue que una vez estos autores descubrían su vocación emigraban a la capital. Los nuevos escritores de provincia (como errádamente nos denominan, pues la literatura es reacia a definiciones geográficas) crecimos silvestres, tuvimos que definir nuestros propios patrones, descubrir en un panorama abierto el camino a seguir, lo cual entiendo resultó beneficioso puesto que nos obligó a soluciones literarias independentes y, porqué no, originales.

Ateneo: ¿Cuáles son los temas o motivos de su poesía?

Cabrera: Mi poesía persigue lo cosmogónico, lo ontológico; trata básicamente sobre el hombre y sus circunstancias. En Planos del ocio indago la cotidianidad, un poco al estilo de James Joyce en el Ulises pues es un poemario de un día, en tres planos o posibilidades: mañana, tarde y noche, hay una especie de decantación generacional, la memoria o sentimiento un tanto existencialista y escéptico propio de un latinoamericano joven. Procuro agotar los temas en cada obra, mis poemas son muy extensos. El árbol ahonda en interrogantes místicas, presenta una ventana un tanto irreverente, profana, de la relación hombre–Dios. Ángel de seducción trata sobre la búsqueda de la felicidad de la humanidad, en la tierra, simbolizada esta búsqueda por entidades femeninas. Dos nuevos poemarios están prestos a salir, uno prolonga el universo poético delineado por Planos del ocio, versa sobre los de sentimientos de una persona atrapada entre paredes; el otro profundiza en algunas temáticas sugeridas en El árbol, pretendiendo cubrir el discurrir emotivo de la humanidad en el último siglo.

Ateneo: ¿A qué edad empezó a escribir?

Cabrera: Empecé a escribir El árbol, a los quince años y lo terminé a los veinticinco. Tardé mucho porque hubo un receso en el cual escribí Planos del ocio. El árbol fue el primer libro escrito, pero el segundo publicado.

 

Ateneo: ¿Qué poetas han contribuido a su formación literaria?

Cabrera: Las referencias son más bien preferencias o adopciones conscientes, los poetas que prefiero cultivan la poesía de aliento extenso y épico como Homero y Dante Alighieri. Soy adorador de Hojas de hierba de Walt Whitman, uno de los grandes monumentos de la poesía de todos los tiempos, El paraíso perdido de Milton, Tierra Baldía de T. S. Eliot; admira a Neruda y sus Residencias en la tierra, a César Vallejo y Trielce, a Octavio Paz en Piedra de Sol, a Borges y, claro, a los poetas dominicanos que ya he referido en estas entrevistas, los cuales cuentan con obras realmente deslumbrantes.

Ateneo: ¿Cómo se ha dado a conocer como poeta?

Cabrera: Planos del ocio, mi primera obra publicada, fue el libro de poesía más vendido en mi país en1990. Después gané dos premios nacionales (el otorgado por Casa de Teatro en 1992 a mi obra El Arbol y el Pedro Henríquez Ureña a Angel de Seducción). La mejor manera de romper el hielo de la crítica literaria dominicana es a través de los concursos, sobre todo si se es escritor domiciliado en el interior del país. A partir de 1994 comencé a tener presencia continua en los medios periódistico (El siglo, La información y el Listín Diario) a partir de ensayos sobre temas culturales, hasta consolidar en el 1995 en el suplementeo del "El Caribe" una página sabatina de crítica de arte y literatura. Por este suplemento y en similar función han pasado las principales figuras de la Poesía Sorprendida y de la Generación del 48. También alcancé proyección a través de la dirección de Casa de Arte, el principal centro de animación cultural de la región del Cibao, y encabezando las diferentes versiones del festival Artevivo, celebración de la primavera que se realiza en Santiago de los Caballeros con la participación de artistas de todo el país.

Ateneo: ¿Por qué le llaman poetas sorprendidos?

Cabrera: Porque sus motivaciones provenían del surrealismo, de la escritura automática. La idea primaria era atrapar o sorprender el hecho poético en cualquier tiempo y circunstancia. El poeta se convertía en medium, es decir, en instrumento a través del cual fluía espontáneamente las imágenes, con una lógica dictada en ocasiones por el inconsciente. Vlía de Freddy Gatón Arce constituye el mejor ejemplo de concretización de este postulado espontáneo, para muchos es el primer experimento surrealista de América. A partir de las puntualizaciones anteriores cabría perfectamente esperar un resultado poético accidentado, con poca coherencia, pero no. La poesía escrita por este movimiento es profunda, bien cuidada, culta, afincada sobre un pensamiento elaborado, quizás por su clara vocación de privilegiar lo universal de la poesía. Con el postumismo nuestra poesía buscaba desarrollarse sobre valores criollos, con palabras y paisajes dominicanos, pero los sorprendidos, quizás impulsados un poco por la situación política de la plena tiranía trujillista, en el 1943 buscaron abrirse a las corrientes internacionales que no fueran conflictivas con la inmidiatez histórica; se escudaron en un ejercicio intelectual, erudito, alcanzando niveles de expresión sumamente importantes desde el punto de vista del manejo del lenguaje y de la innovación temática.

Ateneo: ¿Cuántos libros ha publicado?

Cabrera: Publicados, cinco. Los tres básicos de poesía que he mencionado, una antología poética de los año 1990-96 y un libro de ensayos Imago mundi, lecturas críticas 1995-2000. En estos momentos trabajo en dos poemarios, como ya expresé, y en un libro de ensayos sobre la poesía finisecular dominicana, que espero que estos tres libros salgan este año.

Ateneo: ¿Cuál ha sido el libro que ha tenido más éxito de los que ha escrito?

Cabrera: En términos de aceptación crítica y distribución internacional, el libro que más ha llamado a la antención es El árbol. Este libro va en la línea de la tradición poética dominicana, aborda el tema místico, de cuestionamiento de la religión, que para nosotros, como refiere el crítico José Alcántara Almánzar, es una constante. El árbol presenta novedades estructurales, es un poemario muy extenso, épico. En cuanto a aceptación popular, probablemente el más "exitoso" sea Ángel de seducción, por algunos fragmentos ligeros, de erotismos y romanticismo cercano a las serenatas.

Ateneo: ¿Hay alguien que haya estudiado su obra ya?

Cabrera: Mis libros han sido analizados por los principales intelectuales del país y sus críticas publicadas en revistas, libros, periódicos y suplementos. Algunas de estas críticas, en particular de José Enrique García, José Mármol y Bruno Rosario Candelier, la pueden encontrar anexas en Obras, la antología que compendia mis tres libros de poesía, publicada el año pasado por el Consejo Presidenecial de la República, en la Colección Fin de Siglo.

Ateneo: ¿Qué consejo le daría a alguien que está comenzando en la poesía?

Cabrera: Empezar el acercamiento a la poesía a través de buenos autores. La poesía corriente desanima, solamente resulta fascinante la buena poesía. Se debe hacer una lectura metódica, es decir, buscar las obras clásicas básicas, encontrar las asociaciones con su tiempo histórico y los valores por los cuales perviven, estudiar a los principales poetas, sus estrategias, hasta tocar el presente, de modo que no se intente vanamente reinventar la rueda. Una lectura organizada permite que el poeta novel se se coloque en el punto exacto de continuidad. Después es imprescindible escribir mucho y, claro está, publicar, pero sin desesperación. Publicar a destiempo puede resultar frustratorio. Han existido pocos Rimbaud, quien alrededor de los diecinueve años ya contaba con lo principal de obra. Regularmente ocurre que las obras de adolescencia permiten pulir habilidades pero no constituyen trabajos consagratorios. La prudencia indica que conviene dejar pasar la euforia y dejar descansar el texto, hasta alcanzar cierta distancia objetiva que permita una real depuración. Desde una perspectiva lejana, casí como la de un un extraño, de una tercera persona, se puede enrumbar la obra por derroteros estéticos enriquecidos. Cuando se publica a destiempo se corren dos riesgos: el de la celebración fácil y la del castigo severo. Si a un poeta lo celebran tempranamente se puede estar alimentando elementos agradables pero no necesariamente trascendentes. Por otro lado, si se desmenuza despiadadamente una obra de un autor incipiente, se podría incurrir en establecer demandas mayores que la que el autor y la misma obra pueden ofrecer, desestimulando cualquier posible crecimiento. Ahora bien, tampoco se trata de escribir y engavetar, por miedo escénico. En todo el proceso conviene que el autor joven se nutra de colegas con vocación de ayuda, se abra a personas experimentadas y a medios afines con los tópicos de interés que puedan contruibuir positivamente en la concepción y desarrollo de sus obras. Escribir es un asunto serio, un oficio de tiempo completo, sus frutos sólo se obtienen a base de constancia y sacrificios.

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