15 de julio de 2008
Hola, mi gran amigo Prof. Escabí, a quien tengo una gran admiración y un gran aprecio. Me temo, mi amigo Prof. Escabí que ya no vivimos en un mundo moderno, vivimos en realidad en un mundo postmoderno del cual no podemos dar total certeza de progreso humano garantizado, no de la manera como los revolucionarios franceses de fines del siglo 18, Marx y Lenin suponían. Ni siquiera podemos confiar tan cándidamente en la ciencia como Bacon. Supongo que es de vuestro indudable conocimiento el hecho de que la intolerancia motivada por antagonismos religiosos esté tomando el relevo de la anterior intolerancia motivada por los antagonismos de intereses económico-político-sociales enmascarados o representados por los polos sobrevivientes al colapso imperial europeo: Moscú y Washington, D. C. Esto ya se podía preveer en 1988, con los conflictos entre armenios cristianos y azeríes musulmanes en el proceso de extinción del poder soviético dado tras la Perestroika y Glasnost del Secretario Gorbachov, cuyo significado más relevante en cuestiones históricas es el acercamiento progresivo entre los intereses moscovitas y los de su antaño antagonista Washington, D.C. No proseguiré en esta línea harto discutida y en discusión entre académicos. Lo que sí debemos ver es que el final del antagonismo ideológico no meramente significa un final de antagonismos de intereses entre las únicas potencias sobrevivientes a la Segunda Guerra Mundial, también es la muerte de la ilustración europea, es la muerte de las últimas cosmovisiones derivadas de la ilustración europea que trataron de llevarla hasta sus últimas consecuencias. De ahí el totalitarismo, que en el caso del comunismo es indicio de la radicalización de las posturas ilustradas a partir del absolutismo filosófico de Hegel, de la exacerbación del romanticismo para llevar a sus últimas consecuencias la ilustración 'Le Lumiere', y de la radicalización del empirismo científico, baconiano y newtoniano, hasta sus últimas consecuencias. El totalitarismo comunista es el panteísmo ateo de la historia progresista, la ciencia y la persona humana. Ahora estamos padeciendo los efectos secundarios de este totalitarismo. Porque su caída es el fin de esta fe en el progreso ilustrado llevada hasta el pánico, la paranoia y el fanatismo por los comunistas soviéticos y sus émulos. Como consecuencia de esa caída, se ha atomizado la cosmovisión del ser humano sobre sí mismo y sobre el mundo, dando esta cohabitación de fanatismos de diferentes orígenes, religiosos, ideológicos, mitológicos, esta cohabitación que no solamente se da entre grupos de seres humanos, sino en la mente del ser humano, produciendo también una segmentación de la mente íntima del ser humano en torno a este hibridismo que mejor conocemos como 'globalización'. Y es en este panorama donde todos están de acuerdo con todos y con nadie, que los seres humanos entran en un vértigo mental hacia la 'globalización', vértigo que le hace más fácil aferrarse a alguna ideología o fe rígida, que a su vez es capaz de eliminar el vértigo a cambio de homogeneidad de esas personas en todos los sentidos, culturales, psicológicos, sociales, aunque no a escala volcánica como en las postrimerías del Imperialismo Europeo y en la Guerra Fría. Es una homogeneidad más mística, más fantástica e irracional, es la nueva forma de totalitarismo, totalitarismo que se impone desde dondequiera y a cualquiera, y que no busca las fronteras territoriales o ideológicas, busca las fronteras mentales, la seguridad ante cualquier totalitarismo, la preservación de un totalitarismo contra el otro, de muchos totalitarismos en todas partes y hacia todas partes. Es el totalitarismo que busca salvar los residuos culturales sobrevivientes a la muerte del racionalismo positivista que el comunismo había intentado evitar, o es el totalitarismo que busca extender y perpetuar hasta el máximo los renacimientos de ideas y creencias ancestrales que con la muerte del racionalismo positivista ha podido dar carne a sus espectros, o ambas. El problema es que si la Edad Media comenzó a morir a medida que el orden cristiano se volvía más inmanente al universo y menos relevante existencialmente, dado por sentado como deísmo antes de que el deísmo fuese postulado como ideología o filosofía, nuestra Modernidad está muriendo en la medida que el orden científico-empírico-positivista se vuelve más inmanente al universo y a la vez menos relevante existencialmente, dado por sentado como física-atómica-relativista como una especie de deísmo postmodernista. De esa manera la intolerancia religiosa vuelve por los fueros de que fue despojada en las postrimerías de la Edad Media.
Roberto Javier Rodríguez Santiago