(17 de agosto de 2008)
La paz ha alcanzado niveles sin precedentes. Todas las naciones han acordado eliminar las armas nucleares y bacteriológicas, entre otros cachivaches apocalípticos. Estados Unidos y Rusia decidieron explotar sus aviones jets, todos sus aviones que rompen la barrera del sonido y rompían las fronteras de países en desarrollo. Y lo hicieron en una cena conjunta en Ginebra entre los dos presidentes y sus respectivos gobiernos. Los americanos comieron del mejor caviar ruso, mientras los rusos tenían acciones en Wall Street. Y aunque ni Reino Unido ni Francia le seguían los pasos, contrastando así con numerosas grandes potencias nucleares, se prometían eliminar sus ejércitos, y darles rango de ejército en emergencia a los inspectores franceses y Scotland Yard.
Y era la fiebre, jubilosas multitudes festejaban calentadas profecías pacifistas, el Congreso americano sustituía el viejo himno americano, acusado de belicismo obsoleto, por uno nuevo, dorado, fecundo, con melodías orientales y budistas, compuesto por el mismísimo Dalai Lama. Y la fiebre se extendía por todo el mundo, el mismo Ayatolá de Irán se contagió de manera irremediable. Las únicas excepciones notables eran las impensables Guerra Civil de Israel (ahora Jerusalén se la pelean fundamentalistas de facciones rabínicas antes hermanos inseparables), y belicosos puertorriqueños que lograron convertir hojas de parra en cuchillos de carnicería, llegando a darse una anarquía genocida en la Isla del Encanto.
El resto del mundo celebraba la paz, y con ella el fin de la prehistoria guerrera. En Europa, toda Europa, incluida la fría Rusia, se decidió implantar una nueva materia en sus escuelas primarias, una nueva clase que sustituiría la nacionalista materia educativa de Historia, con una perfeccionadora y humanista clase de Pacificidades. Las partidas de presupuesto gubernamental que se gastaban en ministerios defensivos e industrias armamentísticas, en cachivaches apocalípticos y armamentos con inteligencia de computadora y balas que superan la velocidad del tiempo y los corazones, ahora se desperdician, porque en Sicilia todos los empleados de Gobierno devengan salarios y comodidades en otros tiempos exclusivos de jeques árabes, conserjes sicilianos disfrutan de mejor vida que el Presidente de EEUU, en un acto de sacrificio sueco, se incrementó astronómicamente el precio monetario de los premios que tan noble país concede en nombre de un dinamitero negligente y penitente, al grado que ya no les importa un demonio a quien premian y sí los sobornos más jugosos a nombre de nuevos galardonados. Ahora mismo la galardonada en Literatura, la ganadora del Premio Literario es la inventora del brujo Harry Potter, el mayor invento literario para hacerse millonario. En Inglaterra la Reina ha impuesto la prohibición de vestimenta militar, marina o policíaca, como el gesto más aristocrático para evitar la ruina económica de la industria tradicional británica, haciendo que la usanza de trajes astronáuticos sea en todos los comandos militares y marinos, incluso Scotland Yard, amén, trajes astronáuticos que justifiquen el gigante gasto de Su Realeza en la ilimitada fábrica de arsenal militar. Y con tal rigor se llevan los decretos reales, que James Bond ha tiempo no conoce el esmoquin. En otros países la industria de armamento, sin apoyo presupuestario, existe en el clandestinaje, o fabrica misiles y cohetes a la venta en gran parte del tercer mundo, que oficialmente es pacífico, exceptuando Israel y Puerto Rico, que sí están en guerras. De manera que con la sangre derramada del tercer mundo se mantiene en paz la sangre del primer mundo.
El mundo está en paz, bien en paz, por lo menos el mundo que puede hablar de paz con facilidad.
Autor: Roberto Javier Rodríguez Santiago