La
Historia de la Pontificia Universidad Católica es al mismo tiempo la
historia de una comunidad, pues tanto su desarrollo académico como su
progreso en general han sido el fruto del esfuerzo y dedicación de
los miembros que la componen.
Se
fundó en 1948 por iniciativa de los Sres. Obispos de Puerto Rico:
S.E.R. Mons. James E. Mc Manus, C.S.S.R., Obispo de la Diócesis de
Ponce, y S.E.R. James Davis, Obispo de la Diócesis de San Juan,
quienes en la primavera de ese año anunciaron al pueblo de Puerto
Rico la fundación de la Universidad Católica.
Originalmente tomó el nombre de Santa Maria.
Los
primeros 193 estudiantes se reunieron en salones cedidos por los
Padres Capuchinos y las Hermanas Josefinas en el Colegio San Conrado
de Ponce. Al siguiente
año, 1949, la primera Comunidad Universitaria pudo inaugurar el
campus, un área de 120 acres adquirida del Gobierno de Puerto Rico.
En
sus comienzos, la Pontificia Universidad Católica estuvo afiliada a
la Universidad Católica de América en Washington.
La Junta de Regentes de la Universidad del Estado de N.Y. le
otorgó una Carta Orgánica que la acredita como institución de
educación superior cuyos programas conducen a grados académicos y
profesionales. A finales
de su primer año, la Universidad obtuvo la acreditación del Consejo
de Educación Superior de Puerto Rico y en 1953 la de la Middle States
Association of Colleges and Secondary Schools, la cual le renovó
dicha acreditación en 1973, 1983 y 1993.
La
Pontifica Universidad Católica surgió como una exigencia de nuestra
sociedad puertorriqueña, especialmente la de la región sur, para
atender la creciente demanda de educación de los jóvenes.
En sus comienzos todos sus esfuerzos se orientaron hacia las
artes, las ciencias y el entrenamiento de maestros.
Luego se fue desarrollando el Colegio de Educación con
programas conducentes al Grado Asociado en Educación, Bachillerato en
Ciencias en Educación Elemental y Bachillerato en Ciencias en
Educación Secundaria.
A
partir de 1954 el Departamento de Comercio otorgó grados en
Administración Comercial y en Ciencias Secretariales.
Dentro de las ramas de las ciencias, apareció en 1956 un
sólido programa de Enfermería para responder a las necesidades que,
en este sector, se estaban dejando sentir en Puerto Rico.
La Pontifica Universidad Católica ha ido creciendo rápida y
sólidamente, dispuesta a atender aquellas áreas que requieran sus
servicios educativos. En
el campo profesional ha extendido grandemente sus ofrecimientos, desde
formar maestros para el nivel primario hasta desarrollar una serie de
carreras profesionales.
Con
sentido de responsabilidad, la Pontifica Universidad Católica ha
tratado en todo momento de proveer mayores oportunidades de educación
al pueblo de Puerto Rico. Para esto ha creado también tres Recintos y programas de
extramuros; ha establecido sesiones nocturnas, sabatinas y verano.
En
1961, el departamento de Comercio pasó a la categoría de División
de Comercio. La Escuela de Derecho también se inaguró ese año.
En enero de 1962 se creó el Colegio de Educación.
Para proveer nuevas oportunidades educativas, se organizaron
separadamente los Colegios de Artes y Humanidades, el Colegio de
Ciencias y el Colegio de Administración Comercial.
En 1967 se creó el programa de Maestría en Educación, el
cual fue aprobado por la Junta de Regentes de la Universidad del
Estado de N.Y. en 1968. La
Escuela de Tecnología Médica en Ciencias en Enfermería y Maestría
en Artes en Estudios Hispánicos se iniciaron en agosto de 1976.
La Escuela de Medicina comenzó en 1976.
Los primeros cursos se ofrecieron en enero de 1977.
Fue reorganizada como fundación bajo el nombre de La Escuela
de Medicina de Ponce en 1979 y mantiene buenas relaciones académicas
y de investigación con la Universidad.
La
Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico está abierta a asumir
nuevas responsabilidades, retada continuamente por nuestra sociedad
cambiante, pero siempre fiel a la misión y objetivos que le dan
razón de ser, procurando ser clara y definida en sus proyectos.
Año tras año salen de nuestras aulas hombres y mujeres que,
conjuntamente con los miembros de nuestra sociedad, tienen en sus
manos la tarea de crear un mundo digno del ser humano.
Esto supone un desafio que la Universidad puede aceptar solo si
se renueva continuamente.