Tercera Ponencia: Familia y Educación

 
Dra.-Salomé-Adroher-Biosca-





Dra. Salomé Adroher Biosca, Directora General
Servicios para la Familia y la Infancia de España
(VER DATOS DE LA PONENTE)

¿Qué significa “domesticar”? preguntó el principito.
Es una cosa demasiado olvidada, dijo el zorro. Significa “crear vínculos”.

“Nuestros jóvenes de hoy en día aman el lujo, tienen pésimos modales y desdeñan la autoridad, muestran muy poco respeto por sus superiores, pierden el tiempo yendo de un lado para otro, y están siempre dispuestos a contradecir a sus padres y tiranizar a sus maestros”.

Este texto, que bien podría atribuirse a cualquier autor actual que valore la educación de nuestros niños y adolescentes, es sin embargo de Sócrates. Y es que, ya en el siglo IV antes de Cristo, se cuestionaba el papel educador de la familia.

En  la educación del niño y del adolescente intervienen diversos “agentes” que van conformando su personalidad, su sistema de valores, sus pautas culturales, su formación básica y académica o sus procesos de socialización: la familia, la escuela, el entorno social y los medios de comunicación social, fundamentalmente. La familia es el más importante de todos estos agentes[1], o al menos debería serlo,  y por ello es esencial que  cumpla adecuadamente su función educativa.

Así lo recuerda el beato Juan Pablo II cuando afirma que la familia es  “el lugar primario de la humanización de la persona y la sociedad” y por ello  “el matrimonio y la familia constituyen el primer campo para el compromiso social de los fieles laicos[2].

La afirmación de que la familia y los valores familiares están en crisis y esta es la causa de la falta de referentes morales y éticos o de problemas de comportamiento y conducta de niños y jóvenes no es nueva, como el texto de Sócrates nos recuerda. Por ello quiero comenzar mi reflexión haciendo una llamada a contemplar la familia actual de manera compasiva y realista y evitando caer discursos extremos.

El discurso de quienes, desde posiciones excesivamente nostálgicas, consideran que  “cualquier tiempo pasado fue mejor” y apuntan diversos elementos como determinantes de la definitiva decadencia de la institución familiar: la reducción de los núcleos familiares (por la caída de la natalidad en muchos países del mundo), el aumento de las rupturas familiares y divorcios, las nuevas formas familiares (familias reconstituídas, monoparentales, homoparentales…), o el aumento de familias que no están basadas en el matrimonio y el consecuente número de hijos extramatrimoniales.

Otro discurso extremo, a mi juicio, es el de quienes consideran que todos los cambios que ha sufrido la familia en los últimos tiempos son positivos pues traducen conquistas sociales que suponen un progreso; desde esta posición la familia ha incorporado en determinadas culturas, los valores de las sociedades democráticas, frente a los  característicos de sociedades totalitarias, valores que  la mejoran y humanizan.

Propongo un análisis realista, y  autocrítico, evitando estas lecturas, a mi juicio, extremas. La familia es la institución  más sensible a los cambios sociales, y la primera que los acusa por ser el espacio primero de socialización del ser humano. Sin embargo, como afirma el profesor Iglesias “son tantas las voces que han vislumbrado la última crisis de la familia que de entrada hay que destacar su asombrosa capacidad de supervivencia y adaptación”[3]. Esta capacidad se ha manifestado en todos los tiempos y la institución familiar en general, ha salido en general  mejorada y reforzada con los cambios, si bien en algunos aspectos debemos estar vigilantes.

Como laicos que formamos parte de la Iglesia, debemos renovar la defensa y compromiso con la familia como principal agente educativo de nuestra sociedad, pero también ofreciendo una visión positiva y compasiva de la misma.

En primer lugar tenemos una gran responsabilidad de transmitir la buena noticia de la familia cada uno en nuestro entorno más que  en insistir en pronósticos agoreros y catastrofistas. Somos discípulos de un resucitado y tenemos el compromiso de ser portadores de luz y de esperanza en el mundo en el que vivimos. En algunos espacios de Iglesia existen demasiados discursos que al referirse a la familia ponen el foco en el peligro de las uniones de hecho, la moralidad de la manipulación genética, o el egoísmo de las parejas en sus decisiones familiares en lugar de transmitir la buena noticia de la familia como espacio en el que, como voy a exponer, aprendemos a ser libres, iguales y solidarios. Y así, difícilmente  vamos a propiciar adhesiones y savia nueva.