LA PERSONA COMO INDIVIDUO

Y  COMO “PERLA DE COMUNION”

 

James Kaiser

Estudiante Egresado

Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

Traducido por Narciso Vilaró[1]

 

La cuestión de la persona es la cuestión de nuestro propio misterio.  Casi no existe un tema más vivo en el pensamiento contemporáneo que la verdadera definición de la persona y la deducción de todas sus consecuencias.

 

Como indica el título de estas páginas, llevaremos a cabo aquí un cierto análisis de la persona, entendida a la vez objetivamente como individuo metafísico y como sujeto que se realiza a través de la comunión[2].

 

El modo como estos dos aspectos tan diferentes se han de entender en sí mismos y en su relación recíproca es la aspiración expresa de esta arriesgada aventura de exploración de una realidad.

 

Siguiendo la tradición tomista, primero intentaremos definir la persona, para aclarar y aislar su realidad.  Después introduciremos en esta definición la idea de la persona como la “perla de la comunión”.  Esta idea no aparece en la definición tomista, pero es esencial para una comprensión auténtica de la persona en toda la riqueza de su realidad.

 

Posteriormente se hará una breve crítica de la perspectiva utilitarista de la persona.  Por último, la idea de la persona como “la perla de la comunión” se tomará de nuevo y se analizará, intentando aportar más luz donde hasta ahora ha prevalecido tanta oscuridad y misterio.

 

I.          Sobre la definición de la persona humana.

 

La persona humana se entiende y acepta comúnmente como individuo, y sólo se admite que posee y ejerce su libertad en tanto individuo.  Por lo general se sostiene que la individualidad es el fundamento de la persona y de la libertad que la persona posee y ejerce.

 

Primero haremos aquí un análisis y crítica del modo usual de entender la persona fundamentándose en su individualidad material.  Esta es la idea que resulta más accesible a la investigación, y por lo tanto ha sido siempre predominante (en la enseñanza de la filosofía tradicional).

 

A continuación empezaré a proporcionar la fundamentación metafísica del “sígismo” (self) de la persona humana.  Se mostrará que esto es el fundamento y origen de la compresión de la persona como “la perla de la comunión”.

 

Luego, esta compresión de la persona será estudiada a la luz de la perspectiva utilitarista de una comunidad que ve al ser humano primariamente como un instrumento de productividad.  Esta es la perspectiva que hallamos en un comunidad comunista.

 

De nuevo, este estudio será seguido por una crítica de la compresión de la persona.

 

Concluiré que un verdadero entendimiento de la persona en su entera realidad sólo se puede encontrar al considerar la persona a la vez como individuo y en comunión con otras personas.  La verdad se halla siempre en el terreno intermedio entre dos extremos.

 

Santo Tomás de Aquino define la persona (siguiendo a Boecio) como “una sustancia individual de naturaleza racional”.  En el esquema tomista, el ser humano se considera como un compuesto de materia y forma (espíritu), y “nuestro ser completo es individuo por causa de lo que en nosotros se deriva de la materia” (Jaques Maritain, The Person and the Common Good).  Si hablamos de la persona humana como individuo o “sustancia individual”, podemos entonces afirmar que la dimensión material de la persona humana es el foco de la definición.

 

Santo Tomás también afirma que por cuanto la persona tiene dominio sobre su propia acción, ella es un singular que recibe el nombre especial de persona.  (Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, q 29, a 1).

 

El Aquinate define además el ser humano como un suppositum humanum, como “el sujeto de . . . existencia y actividad” (Karol Wojtyla, Ther Person:  Subject and Community) en un sentido metafísico.  En su Summa Theologiae, Tomás dice que “el suppositum se toma como un todo que tiene la naturaleza como una parte propia, para perfeccionarla.  Consecuentemente, en este tipo de seres, compuestos de materia y forma, la naturaleza no se predica del suppositum”.  La sustancia individual se refiere al suppositum como el todo (totalidad) que posee una naturaleza racional, y en los seres compuestos de forma y materia la naturaleza no puede predicarse del suppositum, “porque no decimos que el hombre es la humanidad”.

 

Santo Tomás aquí establece un contraste entre la relación del suppositum con Dios, quien es infinitamente simple, y esa misma relación entre los seres humanos, que no son simples sino compuestos de partes.

 

La naturaleza humana no puede predicarse de ningún suppositum humano, porque son muchos los participantes de la naturaleza humana.

 

Yo propongo que aunque la persona humana no sea puramente espiritual, y por lo tanto no es su propia especie, (como en el caso del ángel), la singularidad e irrepetibilidad de la persona humana no se debe fundar sólo en la dimensión material, que es compartida comúnmente por todos los seres humanos.

 

Desde el punto de vista metafísico, el suppositum humano es un individuo material, según Santo Tomás.  Esto es así porque para Santo Tomás “la individualidad se funda en la materia”.  (Jaques Maritain, Op. Cit.)  Pero la materialidad individual de la persona humana es insuficiente para fundamentar la singularidad concreta, irrepetible, de sí-mismo humano o sujeto de cada persona humana.  Esta singularidad o irrepetibilidad no puede reducirse al principio material de la persona porque su origen y fundamentación auténtica se halla en la dimensión subjetiva, experiencial, del ser humano.

 

La dimensión sujetiva, experiencial, de la persona humana no nos conducirá al subjetivismo.  Esta dimensión se mostrará en su objetividad por medio de una comprensión de la persona humana como un ser que posee, de un modo metafísico, una conciencia exclusiva y propia de las personas.

 

No estoy tratando de implicar que, entiendo plenamente, Santo Tomás fundó la singularidad y dignidad de la persona humana de esta manera; pero los malentendidos comunes de la persona humana como individuo según las interpretaciones materialistas pueden hallar su pretensión de autenticidad en tales malas interpretaciones.

 

Mi afirmación es que dentro de la definición y tratamiento de la persona humana por Santo Tomás existe la ocasión para tal malentendido, porque el Santo no afirma específicamente nada más acerca de la persona humana, y en consecuencia, deja sin fundamento y, desgraciadamente, sin clasificar, la singularidad y la irrepetibilidad del sí-mismo humano o sujeto.

 

Esta es la conclusión primaria de lo que considero ser una crítica de la compresión de la persona humana como individual en la filosofía clásica católica.  La realidad integral exige otra dimensión que se refiere específicamente a la singularidad e irrepetibilidad encontrada y fundamentada en la subjetividad de las personas humanas.  Esta dimensión de la persona humana será ahora traída a primer término.

 

La otra dimensión de la persona humana que es necesario reconocer, entender y analizar es la experiencia del sí-mismo humano como hallada a través del modo de ser específicamente metafísico propio de las personas:  la conciencia.

 

La singularidad o irrepetibilidad no se puede reducir al principio material de la persona porque su origen y fundamento auténtico reside en la dimensión subjetiva, experiencial, de ella.  Esta dimensión no nos llevará hacia el subjetivismo.  Tal dimensión se mostrará en su objetividad al entender la persona humana metafísicamente como un ser poseedor de un modo de conciencia exclusivo de las personas.  “En el campo de la experiencia, el ser humano aparece tanto como un suppositum particular y como un sí-mismo (self) concreto, en cada ejemplar único e irreptible”.  (Karol Wojtyla, Subjectivity and the irreducible in Man).  Las siguientes palabras del cardenal Karol Wojtyla establecen los parámetros y el objetivo de esta investigación, cuando dice:  “hoy sentimos una necesidad mayor que nunca antes, y también vemos mayores posibilidades, para la objetivación del problema de la subjetividad humana”.  (Karol Wojtyla, Op.cit).

 

Cuando el ser humano se identifica como un “suppositum particular”, esta dimensión metafísica del entendimiento del ser humano corresponde a todo lo que dijimos antes sobre la persona como “sustancia individual de naturaleza racional”.

 

Yo propongo, siguiendo la línea de pensamiento de nuestro Papa actual, que la persona necesita ser entendida tanto desde este punto de vista metafísico, no experimental, como desde el punto de vista de un sí-mismo humano que se realiza a través de la experiencia consciente de otros seres humanos.  Es precisamente desde este punto de vista, y sólo desde él, que se pueden derivar todas las implicaciones morales de una compresión adecuada de la persona humana.

 

Este es el núcleo de la crítica del fundamento de la libertad y la dignidad de la persona humana concebida sóla y exclusivamente como individualidad metafísica y no-experiencial.  Tal definición no abarca la realidad total del individuo, pues no incluye la dimensión experiencial de la persona.  Esta dimensión es esencial porque en ella se localiza la moral; es la dimensión en la que el hombre realmente vive y actúa, ejerciendo su libertad y percatándose de su propia dignidad.

 

En este punto el reto consiste en hallar el auténtico entendimiento de la persona, que incluye tanto el individuo metafísico como la dimensión del sí-mismo humano.

 

Repitiendo las primeras líneas de esta sección, decimos que ambas cosas se captan por medio de la conciencia, la cual es el modo de ser metafísico propio de las personas.

 

La conciencia es el puente entre el modo metafísico del ser persona y la experiencia del modo de lo personal.  La conciencia es irreductible a la mera función de las facultades de la voluntad y el intelecto, y juega “un papel clave y constitutivo en la formación de la subjetividad personal humana (o sí-mismo humano)”.  (Karon Wojtyla, The Person:  Subject and Community).  Es el lugar en que “el suppositum humanum debe manifestarse de algún modo como sí-mismo humano:  la subjetividad metafísica ha de manifestarse como subjetividad personal” (Karol Wojtyla, Op.cit.)  Por medio de la experiencia, vivida conscientemente, de la persona.  Es precisamente la vinculación de la concienciación del sí-mismo humano como modo de ser metafísico lo que aleja de toda tendencia subjetivista a este entendimiento y tratamiento de la persona humana.  Esto es lo que Karol Wojtyla quiere decir cuando habla de “la objetivación del problema de la subjetividad humana” (Karol Wojtyla, Subjectivity and the Irreducible in Man).

 

La subjetividad humana, o el sí-mismo humano, a diferencia de la individualidad metafísica, no es una realidad actualizada metafísicamente, sino una potencialidad metafísica que debe ser actualizada o constituida.  La potencialidad del sí-mismo humano se actualiza por medio de la experiencia vivida de la persona que actúa y existe auténticamente como un ser humano.  Esta perspectiva es el fundamento metafísico de la idea de la persona como “perla de la comunión”, el cual es el tema de la segunda parte de este ensayo.

 

Me detengo ahora a utilizar un claro ejemplo de una comprensión deficiente de la persona humana, con el propósito de ilustrar la necesidad de entender la persona a la vez como un suppositum humano y como un sí-mismo humano concreto.

 

Dentro de una comunidad comunista, la persona humana se valora y entiende primariamente como un medio de producción.  En este tipo de comunidad la persona no se entiende como algo que por su propia naturaleza transciende el ser meramente utilizado.  Con la palabra “utilizado” me refiero al trato de una persona primariamente como medio para un fin.  En la comunidad comunista la vida del individuo es, antes que nada, sometida completamente a las necesidades y bienestar de la comunidad total, profesando un sacrificio absoluto de la persona individual por el bien de la comunidad entera.

 

Existe un modo auténtico de entender que el bien del individuo debe someterse al bien común de la comunidad entera.  Esta sumisión auténtica sólo ocurre cuando se respeta la dignidad de la persona, y esto implica que los derechos de la persona sean respetados, ya que todos los derechos humanos se derivan de la dignidad humana.  El comunismo es una forma de comunitarismo que no respeta el valor de la persona humana porque no reconoce, en modo alguno, que los individuos son fines en ellos mismos.  Por otra parte, la dignidad del individuo es aún más hondamente despreciada y degradada cuando al individuo se le entiende, valora y ordena como un medio de producción dentro del sueño comunista del “progreso” o “creación” del orden natural, hasta el punto que llega a existir en un mundo utópico.

 

Esta es la razón por la que en su doctrina social, al tratar del comunismo, la Iglesia Católica insiste con reiteración en la dignidad del trabajador.  Efectivamente, el trabajo de la persona tiene verdadero valor por sí mismo, pero este valor no debe ponerse por encima del valor de la persona misma.  El ser humano trasciende el ser “usado” como un medio, porque el ser humano es persona, y en tanto persona debe ser entendido primera y primariamente, valorado y ordenado, como un fin en sí mismo.

 

Antes de concluir mi discusión de una definición “completa” de la persona humana según las enseñanzas de Karol Wojtyla, quiero añadir dos comentarios.

 

El primero es una clarificación de lo que creo ser una comprensión más precisa de la conciencia como el modo metafísico personal de ser.  Hablando más propia y precisamente, creo que es prudente decir que la autoconciencia es el modo de ser propio de las personas, en vez de usar el término más general de conciencia.  Después de todo, es la autoconciencia del hombre la que posibilita su auto-posesión y auto-gobierno por medio de la operación intelectual y de la voluntad, y precisamente por esto la conciencia del hombre se distingue de la de los animales.

 

En segundo lugar, quisiera señalar que la definición tomista de la persona humana sólo reconoce la mera posesión de una naturaleza racional.  Esta definición necesita completarse con la inclusión en ella de la dimensión subjetiva, porque sólo una consideración de esta dimensión eleva a primer término el actual experienciar y funcionar de la naturaleza racional de la persona humana.  Creo que esta dimensión habría de ser incluida en la definición por causa de la significación moral del experienciar mismo, y del funcionamiento de la naturaleza del hombre.  Sólo con la inclusión de esta dimensión subjetiva una definición del hombre llega a ser suficiente para una fundamentación metafísica de la moralidad de los actos humanos.

 

Esto concluye la primera parte de este ensayo, y ahora trataré de desarrollar una perspectiva de la persona humana como “perla de la comunión”.

II         Sobre la comunión humana

El núcleo de la comprensión de la persona humana como “perla de la comunión” se contiene en los desarrollos contemporáneos de la filosofía que atienden al papel que desempeña la experiencia del diálogo interpersonal auténtico en el devenir o realización completa del sí-mismo.

 

Como se consideró arriba, el sí-mismo humano significa la dimensión potencial de la persona humana, que se realiza por medio de la experiencia vivida de la persona que existe y actúa.  Esta comprensión brinda la fundamentación metafísica necesaria para entender la persona actualizada como “perla de comunión”.  Esta frase subraya la realización de la dimensión subjetiva por medio del papel decisivo del diálogo interpersonal auténtico.

 

La dimensión subjetiva de la persona es una potencia metafísica que ha de actualizarse por medio de la verdadera actualización personal.  Dentro de la gran gama de variedades de la actividad humana, el diálogo interpersonal auténtico ha sido subrayado por muchos filósofos contemporáneos como la acción humana que desempeña un papel primario en el desarrollo de la dimensión subjetiva de la persona.  Yo considero que el diálogo interpersonal auténtico es el origen de la verdadera comunión entre las personas, porque sólo por medio de él se forma entre las personas una verdadera relación personal.  La relación que existe como resultado de esta forma de interacción se llama comúnmente la relación yo-tú.  Una relación yo-tú representa una verdadera comunión de personas, subrayando el hecho de que ambas personas se dan a sí mismas y se reciben una a otra en sus subjetividades respectivas.

 

En este punto voy a intentar explicar de un modo completo y claro lo que es el diálogo interpersonal y su papel indispensable en la realización de la dimensión subjetiva de la persona humana.

 

En su libro titulado The World and the Person, Romano Guardini expone bellamente una discusión clara y concisa, sobre el papel del diálogo interpersonal en la actualización de la dimensión subjetiva de la persona.  Comienza con la siguiente pregunta:  “¿Necesita una persona a otra para llegar a ser ella misma?”

 

En las secciones anteriores espero haber dejado clara la distinción entre la realidad metafísica del individuo concretamente actualizado y la potencia metafísica del ser humano subjetivo.  En esta cuestión, Guardini no se refiere a la persona individual concretamente actualizada, sino a la necesidad de otra persona para la actualización de la potencia metafísica del sí-mismo humano subjetivo.  Esta precisión nos ayuda a entender al autor cuando dice:  “En el encuentro con el otro, él (el sí-mismo humano) no comienza a ser, pero es activado.  Pero él (el sí-mismo humano) está en dependencia del hecho de que la otra persona exista”.  (Guardini, Op.cit.)

 

La realización del sí-mismo humano subjetivo no solo requiere de otras personas sino, lo que es más importante, exige que se desarrolle un diálogo con ellas.

 

Al utilizar el término “diálogo interpersonal auténtico”, debo enfatizar, en esta ocasión, que esto no significa primariamente que las personas tienen que, literalmente, hablar unas con otras, sino, más bien, se refiere a la actitud o la disposición con que una persona trata con otras mediante el lenguaje de sus actos, así como con el de sus palabras.

 

Esta actitud consiste en considerar a la otra persona como un subjetivo que tiene su propio centro personal, y no como si fuera un mero objeto o “instrumento para el logro de los propósitos de uno mismo”.  (Guardini, Op.cit.)  Para tratar con el otro como un verdadero , uno ha de hacerle sitio mentalmente, dejarle espacio, considerando y afirmando la realidad subjetiva propia de aquel otro.

 

Sólo cuando esto se ha conseguido puede uno empezar una relación yo-tú de auténtico diálogo personal.  Con el logro de haber reconocido al otro como un “tú”, en ese mismo momento yo empiezo a darme cuenta de la potencialidad de mi “sí-mismo” (self) humano subjetivo.  La realización del sí-mismo humano subjetivo ha comenzado ahora, y ha quedado así establecido el escenario para el desarrollo de una relación interpersonal real por medio del lenguaje del habla y de la acción.

 

Este diálogo es necesario porque “el hombre es por su naturaleza un diálogo”.  (Guardini, ibidem).  El hombre es un animal social y no un ser solitario, y es a través del diálogo interpersonal del lenguaje del habla humana y la acción que éste sí-mismo humano subjetivo se realiza y se constituye.

 

Sólo con este diálogo auténtico puede conseguirse una verdadera comunión con los demás y, además, sólo en esta comunión lograda se actualiza y constituye el sí-mismo humano subjetivo.

 

Como resultado del proceso de lograr la comunión con los demás por medio del diálogo uno puede y debe llegar a la conclusión de que la presencia de otros y el logro de la comunión con ellos es algo absolutamente necesario para la realización del sí-mismo humano subjetivo.  “Así el habla completa, que se lleva a cabo en la responsabilidad común por la verdad y el vínculo del destino humano común, tienden ambos a la realización de la relación yo-tú.  De ese modo el habla se convierte en el plan objetivo para la construcción del encuentro personal”.  (Guardini, Op.cit.)

 

La comunión con los demás da lugar a la constitución de la dimensión subjetiva de la persona humana.

 

A la luz de esto, llegamos a un claro entendimiento del título de este ensayo, en el que afirmé que la persona es la “perla de la comunión”.  En efecto, sólo en comunión con otros tiene posibilidades de realizarse la dimensión subjetiva de la persona humana.  Es en comunión con otros que la gran perla de la culminación personal y la madurez se encuentran y se poseen.


[1]Notas del traductor.  Este ensayo se escribió como requisito para un curso del Bachillerato en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.  Curso del que fui encargado como profesor este año 2000.  Cada estudiante eligió libremente un tema a investigar y redactar.  El autor del presente escrito es norteamericano, recién llegado a nuestro país y bisoño en el uso del español.  Por eso prefirió utilizar su propio idioma.  El tema que investigó y desarrolló, aún con las limitaciones propias de su juventud, me pareció merecedor de ser conocido por otras personas, estudiantes o profesores, interesados por la filosofía o la psicología.  De acuerdo con el autor traduje su escrito para facilitar su publicación y difusión en nuestro ambiente universitario.

[2]James Kaiser utiliza el término “comunión” en el sentido más profundo y auténtico de comunicación inter-personal y unión mutua.


Publicado en el Internet:  6 de septiembre de 2004.

Concepto y Diagramación: Dr. Cirilo Toro Vargas