LUGARES COMUNES

DE LA POESÍA DOMINICANA RECIENTE

 

Prof. Fernando Cabrera

Universidad Católica Madre y Maestra

Santiago de los Caballeros, República Dominicana

 

       Como quien persigue el panorama a través de la ventanilla de un vehículo en marcha, emprendo la utopía de atrapar puntos de encuentro y desencuentro comunes de seres absolutamente ubicuos, cuando no desubicados.  Lo dicho se me antoja, como probablemente a quien lea o escuche, paradoja.  Los poetas —y no importa si por claridad sólo escojo a los coetáneos, a los dominicanos— apurados por sus propias urgencias expresivas abordarán de manera desbordada los elementos corpóreos e incorpóreos de su entorno, anidarán en cada geografía o biografía posible, manteniendo inalterable su presunción de singularidad, su desarraigo perenne.  Puede que los poetas resulten demasiado sensibles para la indiferencia, demasiado críticos para aceptarse gregarios.  En todo caso, heme aquí impelido de brevedad tras descubrir la intersección de circunstancias, motivos y aspiraciones de los que han signado la creación poética dominicana reciente.

       Los resabios de un rancio esquema político, la dicotomía planteada entre lo insular y lo global, la pérdida de fe en la racionalidad humanística, el advenimiento sofocante de la tecno-cultura, la nihilista percepción, cercana a la sensibilidad trágica de Jean Baudrillard, de una amorfa experiencia colectiva enfrentada a esquemas agonizantes de poder, de mitos y signos derruidos y una condena de la verdad a languidecer en lo estéril, a la “inminencia de la muerte de todos los grandes referentes”, acaso perfilen el primer lugar común de nuestra última poesía.  Los poetas finiseculares dominicanos conforman una generación de escisiones, porque han aprendido a danzar al filo de la navaja.

       Muchas veces cuando autores, como Mario Vargas Llosa, refieren la posibilidad de muerte de la literatura, como reminiscencia del clamor de final de los sesenta en que se preconizaba el final del arte por su incapacidad de cambiar al mundo, muchos poetas ponen sus barbas en remojo.  Todavía para los narradores, sobre todo para los novelistas, el panorama resulta promisorio.  Importantes editoriales andan a la búsqueda de un nuevo texto de ficción, de una nueva veddette literaria que pueda maquillar con decoro tramas de trivialidad a lo Corín Tellado, o remitir con tintes de comadreja a truculentas historias de interés para el morbo común; igualmente patrocinan certámenes internacionales que amenazan con convertir al afortunado en rico y famoso con apenas su primer libro. Estos negociantes del decir pecan de encumbrar obras literarias en función de coyunturas modales sazonadas a partir de recetas de violencia y sexo, por responder a intereses ideológicos o étnicos, más que a valores propiamente literarios.  Ciertamente, la narrativa lejos de estar en crisis, es percibida, incluso por poetas de la talla de Don Pedro Mir, como tierra prometida para todo aquel que pueda coordinar palabras.

       A la poesía pocos la procuran.  Apenas los poetas leen sus propias obras y las de algunos amigos.  Un ejercicio adicional de acercamiento al poema ajeno será hecho con ojo cirujano y escasa vocación celebrante. Nada más natural, pues recién hemos despedido al siglo donde se perfeccionó el concepto de comodidad, propagándose un facilismo tipo control remoto de televisión que rechaza cualquier ligero esfuerzo adicional.  La imagen visual, con su paradoja de síntesis y dispersión, enriquecida por hallazgos técnicos que han disminuido el concepto de cosmos al de aldea, colocan al borde de extinción todo lo que implique un ejercicio mínimo de descodificación.  Con este tenebroso panorama cualquiera diría que el número de poetas en estos momentos se encuentra en vertiginosa disminución, pero no.  Una vez más, la realidad contradice el cuadrado de su lógica para mostrarnos la más prolífica generación de creadores dominicanos en toda nuestra vida republicana, como queriendo anteponer el grito fervoroso de ¡viva la poesía!, por si acaso muere…

       No obstante la profusión de manifiestos, de múltiples propuestas de nuevas poéticas, de eventuales e inevitables referentes de singularidades agigantadas, realmente se pueden citar tres corrientes básicas en la poesía dominicana actual:  primero, la que en tanto opción temática en declive aún mantiene nexos con prácticas ideológicas más que con las especificidades del género; segundo, la influenciada por los aires experimentales y juegos semántico-sintácticos en boga en Latinoamérica; y, tercero, la adherida a la tradición o clasicidad de las formas poéticas.

       Dada nuestra condición insular, ideal para efectos invernaderos y eternidades, y puesto que en materia de cultura cada pueblo desarrolla su ritmo propio, nada ha de extrañar la concomitancia de ofertas poéticas contrapuestas.  Si bien en nuestro lar, ni el neoclacisismo, ni el romanticismo, ni el modernismo, ni las vanguardias, florecieron a la par que en tierras continentales, tampoco ninguna de sus posibilidades ha desaparecido totalmente.  Esta postmoderna arritmia ha sido fruto más que de rechazo o desconocimiento de corrientes en boga, del agitado proceso político sufrido por nuestro país a través de la pasada centuria, en donde destacan dos intervenciones militares norteamericanas, una larga y férrea dictadura y varias décadas de un caudillismo ilustrado poco interesado en apadrinar una dinámica de pensamiento intrínsecamente subversiva como es, a todas luces, la poesía.

       Tanto el citado efecto invernadero que mantiene vivas estéticas decimonónicas como el reflujo radical hacia las vanguardias, han generado extraordinarias y singulares propuestas poéticas lamentablemente poco difundidas en el exterior.  Las obras de autores de final del siglo XIX como las de Salomé Ureña, de los postumistas, liderados por Domingo Moreno Jiménez, de los Independientes del Cuarenta, a saber:  Tomás Hernández Franco, Manuel del Cabral, Pedro Mir y Héctor Incháustegui Cabral; de los poetas sorprendidos, con nombres vitales como Franklin Mieses Burgos, Freddy Gaton Arce, Aída Cartagena Portalatín, Antonio Fernández Spéncer; de la generación del 48, con Lupo Hernández Rueda y Máximo Avilés Blonda, así como de poetas recientes, en cuyas circunstancias ahondaré a seguidas, se encuentran, sin lugar a dudas, a la altura de las mejores de la lengua.

       Las conclusiones de José Alcántara Almánzar en el epílogo de su obra Estudio de Poesía Dominicana, en torno a los escritores surgidos entre 1844 y 1960, aplican también para los poetas finiseculares; en particular cuando establece que “están prácticamente dominados por el idealismo filosófico” como resultado de “la observación de lo religioso y el predominio de una cosmovisión cristiana”.  Asimismo, sus afirmaciones de que “la poesía ha reflejado en cada momento del devenir histórico, las conmociones sociales y los conflictos políticos.” y que “el testimonio, la protesta, la denuncia y otras demostraciones de inconformismo individual y colectivo han encontrado terreno fértil en nuestros poetas” resultan particularmente válidas para definir la poesía escrita a partir de la caída de la tiranía hasta mediados de los años setenta.  

       Para 1975 con el advenimiento de intelectuales de gran formación para el ejercicio crítico egresados de centros educativos internacionales, sobre todo europeos, y sazonado el ambiente capitalino con los experimentales ecos del tambor plural de Manuel Rueda, arribamos definitivamente a la modernidad literaria, a sus vanguardias, cuando estas expresiones necesariamente anti-tradicionales ya se convertían en tradición a su vez.

       La importancia de las innovadoras propuestas experimentales del Pluralismo y sus referencias culturales amplias radica, más que en sus hallazgos formales concretos, más que en sus posibles aportes de originalidad, en la contundencia con que recuperó el espacio poético de la nefasta, por agreste y sostenida, influencia de las ideologías antes sugeridas por Alcántara Almánzar, e hizo pensar en el poema en función de sugerencias estructurales rítmicas y semánticas, a fin de cuentas, en los recursos naturales del lenguaje, esa actividad social o proceso incesante de humana creación que refiere Mikhail Bajtin.  Manuel Rueda con su herencia de la Poesía Sorprendida y su aspiración de universalidad del pensamiento del hombre, signa nuestro siguiente lugar común.  A partir de este momento, difícil resulta agrupar en un sólo paquete la diversidad de tendencias y pluralidad de estilos o poéticas de los numerosos autores que comprenden el espacio de la última poesía; aún más difícil es, gracias a Dios, establecer una única teoría o normativa estética.

       Dada las limitadas posibilidades de sustentación económica de la literatura, con un mercado del libro que apenas ha superado el millar según los datos que testifican todas las publicaciones nacionales ajenas a diatribas políticas, hace que el poeta dominicano contemporáneo perpetúe su angustia en otro lugar común definido por la terrible dualidad de agitar su sensibilidad entre planos de supervivencia y creación.  Nuestro poeta ha de enfrentar las urgencias de ganar el sustento diario como publicista, banquero, periodista, ingeniero o catedrático, en casos ideales, con el elemento irracional del arte que exige del ocio para su concepción. 

       En razón de los altos costos que conlleva la producción de un libro y su poca rentabilidad, a sabidas cuentas de que en nuestro país escasean las editoriales formales, la salida usual para la difusión de las creaciones de los poetas, y aquí otro punto de encuentro, ha sido la participación en certámenes literarios.  Alcanzaron prestigio los concursos de entidades académicas y culturales, la mayoría patrocinados por empresas cuyo fin, antes como ahora, ha sido solidificar sus imágenes de productos, algunos éticamente cuestionados pero afines al espíritu bohemio, como el alcohol o el tabaco.  Estos concursos privados han generado los mayores resultados en términos de oportunidad y calidad de obras de los más jóvenes.  Como pilares de esta afirmación, a finales de la década de los setenta bajo la custodia de Freddy Gatón Arce, florecieron los premios literarios “Siboney” del cual surgieron importantes obras como Banquete de Aflicción de Cayo Claudio Espinal y El Fabulador de José Enrique García. Estos dos poemarios concebidos en provincias recuperaron fundamentales senderos poéticos:  el de la elaboración de la forma y el decir cercano al rapsoda original de seductora transparencia expresiva.  En el escenario reciente ocupan el lugar de los premios Siboney, los imprescindibles concursos de Casa de Teatro y los premios otorgados por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña.  Otra, sin embargo, es la historia de los premios nacionales otorgados por la Secretaría de Estado de Educación y Cultura, por su permeabilidad a elementos extraliterarios.  No obstante, sumamente refrescante resultó el laudo recibido por José Mármol en 1987 con su libro La Invención del Día, pues a partir de este precedente generacional otros autores jóvenes han sido considerados para estos premios estatales.

       Quizás motivado porque los poetas dominicanos vieron reducido por más de dos décadas su horizonte a propuestas literarias de marcado compromiso con la inmediatez histórica, la poesía reciente se ha trasladado a esferas de abstracción —y he aquí un decimonónico lugar común— donde la imagen conceptual sustituye a los sentidos y su carga de referencia del mundo concreto.  Aprovechando este caldo de cultivo, el Simbolismo con su equipaje para llenar de ambigüedad o multiplicidad la lectura del mundo, será el medio por excelencia para enraizar esta expresión coincidente de desarraigo, de respuesta a los años de reducción del lenguaje a planos utilitarios, o bien, en dinámica de acción/reacción, como protesta ante una sociedad que, como he referido, se muestra apática a la poesía. 

       Además de las posibilidades de la escritura de los movimientos románticos y simbolistas estos poetas parecen haber adoptado una filosofía que los impulsa a vivir a partir de aspiraciones ideales.  Para muchos nada tiene forma definitiva.  En narcisista introspección continuamente recurren a imágenes desarraigadas, herméticas.  Trabajar con las ideas y situaciones cotidianas, con aproximaciones a sujetos, objetos y hechos reales, encierra retos que muy pocos enfrentan.  Los poetas que así se tipifican, no sin razón han asumido la poesía como camino de exilio de un mundo donde la palabra ha perdido su capacidad redentora; mas, sin contar que en la huida del presente también evaden el futuro inmediato, puesto que resulta imposible acceder exitosamente a la post modernidad cuando aún resulta extraño lo urbano —elemento básico de la modernidad—como temática y posibilidad lingüística.

       En un contexto donde se exige ruptura con el pasado reciente, lo cierto es que la mejor poesía dominicana joven establece vínculos con corrientes precedentes.  Los poetas jóvenes aventajados han optado positivamente por la elección y valoración de elementos temáticos ambiciosos como la religión, la sicología y la filosofía, comunes a los Independientes del 40, a los Sorprendidos y a los principales poetas de la Generación del 48.  Punto luminoso de este atemporal concubinato ha sido la inoculación de la preocupación por un manejo depurado del lenguaje y la reflexión estética.  Se aprecia en muchos de ellos un uso frecuente del recurso de intertextualidad, llegando a asombrar con su capacidad de referencias explícitas e implícitas.  Asimismo de forma espontánea, en los últimos años ha emergido con inusitada fuerza una poesía narrativa, de extensa y estructurada propuesta, sobre un manejo del lenguaje que no rechaza el uso de recursos prosados, coloquiales.  Esta corriente plantea una apelación a lo épico a partir del sujeto genérico, no del héroe paradigmático, en contraste con poéticas fragmentarias, que por exceso lucen agotadas en sus posibilidades expresivas.  Estos poetas narrativos, estructuralistas, procurarán restituir valores estéticos más allá de circunstancias intimistas o ideológicas, evitando todo lirismo exagerado.

       Como he referido, dadaístas, futuristas, vedrinistas, postumistas, creacionistas, surrealistas y concrecionistas, discursos de vanguardias de principio y mediado del siglo pasado, llenaron de pancartas provocativas las inmediaciones de nuestra contemporaneidad.  De los vanguardistas tomamos no solo sus desacralizantes principios que venden de la mejor manera no solo la potencialidad de un producto artístico donde anida incluso el germen de destrucción del mismo arte, sino que también replicamos hasta el cansancio su estrategia exhibicionista.  En consecuencia, cada poeta nuestro a partir de sus herramientas de erudición, utiliza el ejemplo vanguardista de elaboración de decálogos y manifiestos para sustentar personales profecías.  Incluso nuestros críticos han saltado a la palestra cambiando su papel de interpretadores de fenómenos literarios por el de patentizadores del devenir de la creación; resultando a la postre, jueces y partes.  Bien sea a través de experimentalismos u ostentaciones clásicas, lo cierto es que en las últimas décadas —y he aquí nuestro siguiente lugar común— hemos estado expuestos a las influencias de fogosos descubridores estéticos que, aunque no han logrado fragmentar nuestra poesía con sus apasionadas querellas, han distraído esfuerzo creativo privilegiando novedades formales insostenibles y poéticas cuya paternidad o exclusividad jamás podría ser reclamada por ningún autor o movimiento.  En fin, han alimentado la peligrosa necesidad de feligresía para la propia trascendencia.

       Como epílogo a este errabundear por geografías del hacer poético dominicano reciente, debo reconocer que también en este análisis el juicio crítico ha relegado un poco el acento celebrante que impostergablemente merece una pléyade de escritores que al margen de cualquier militancia destacan por la seriedad y constancia con que han asumido su obra, entre ellos: Jannette Miller, Enriquillo Sánchez, Soledad Alvarez, Tony Raful, Alexis Gómez Rosa, Cayo Claudio Espinal, José Enrique García, José Mármol, Martha Rivera, Dionisio de Jesús, José Alejandro Peña, Adrian Javier, Plinio Chaín, Martha Rivera, Médar Serrata, Angela Hernández, León Felix Batista y José Acosta.  He debido elegir entre sazonar los aciertos o acercarme a las oportunidades que restan.  Evidentemente, he privilegiado esta última opción.  Sin embargo, no quiero dejar de expresar mi discrepancia con aquellos que piensan que todo pasado literario fue mejor, y que aún este conjunto de poetas finiseculares no ha producido grandes obras.  Considero que en esta afirmación anida el natural rechazo que la novedad, el cambio, en su naturaleza entraña; además de un interesado prejuicio consecuencia de la no profundización en los textos ya publicados. 

       La excitación latente en nuestros creadores lejos de resultar peligrosa para nuestra poesía, constituye signo de incuestionable vigor de una dinámica que ya presenta importantes logros:  conciencia de oficio, profundidad de pensamiento, cuidado en el uso de los recursos de la lengua, apertura a nuevas formas expresivas, incorporación significativa de la mujer a la creación poética, fortalecimiento de búsqueda de originalidad personal, diversidad de ofertas estéticas, surgimiento de importantes voces poéticas al margen de la metrópolis capitalina, autogestión de medios para publicaciones de textos, independencia de criterios de mercado para la creación y, principalmente, una inagotable pasión y compromiso de nuestros escritores, que garantiza la supervivencia de nuestra rica tradición poética. 

       Recién finalizado el siglo XX, me atrevo a afirmar que ya la última poesía dominicana cuenta con aportes significativamente maduros.  Las obras están escritas, yo los invito a ir por ellas.


Publicado en el Internet:  6 de septiembre de 2004.

Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas