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ASÍ COMO EL ALMA, DE JOSÉ JUAN BÁEZ FUMERO: UN CAMINO POR LAS QUERENCIAS DE NUESTRO SER Dr. José Raúl Feliciano Rivera Departamento de Estudios Hispánicos Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico |
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El título de este libro nos puede recordar en algo al de Luis Rafael Sánchez, O casi el alma. Pero en éste, el autor de La guaracha parodia, en una obra de teatro, la hipocresía religiosa. Nada más lejos del contenido del poemario de Báez Fumero. Para éste, el alma se compone no de adverbios de cantidad, como en el caso de Sánchez, sino de materiales y esencias, que nos llevan desde la tierra hasta el cielo.
Si analizo el título como nos lo enseñaban antes en la escuela, podríamos decir que es un título simbólico. No obstante, no me gustan esas categorizaciones a la hora de analizar textos. Creo que todo título tiene algo de simbólico y algo de literal. En el poemario que nos ocupa, la palabra alma y sus variantes aparecen por todo el libro, porque el título nos dice qué es para el hablante lírico el alma. Y lo compara con algo, así, como el alma. Literalmente, aparece en el poema del mismo título en la tercera parte del libro. Pero las menciones al alma y sus variantes de animar, ánimo y ánima se dan en los siguientes versos: “tenue movimiento de las hojas en la rama: sosiego del alma” (35), “y se encontró con mi alma (el viento) en una esquina olvidada” (37), “Hacedor de su vida, de su alma destello” (40). “Y un coro invisible que a la noche anima” (78), “Cuánto el ánima prospera” (87). Y hay muchas más. ¿Qué es lo que para el hablante lírico es el alma? Lo discutiremos un poco más adelante.
La estructura externa del libro revela unos datos interesantes que nos servirán para delinear estas coordenadas. Consta de cinco partes: 1) Retrato de familia (14 poemas), 2) Salto sobre la yerba (10 poemas), 3) El sendero del poeta (13 poemas), 4) De la soledad vengo (14 poemas), 5) De la tierra a las estrellas (16 poemas). Esta estructura, que se da muy balanceadamente, apunta a lo que la estructura interna nos dice.
La estructura interna nos revela que parece que el poemario se mueve en las esferas de las querencias. El verso clave para esto lo encontramos en la página 62: “¡Oh, árbol, que flotas en el aire de mis más profundas querencias: eres como la mano de Dios que acaricia en silencio el alma vacía...” El alma se construye también en este mundo. Las querencias son el acervo que mina el alma, la pueblan. Por eso el hablante lírico monta el mundo poético en los espacios más queridos: 1) la familia, a) la madre, la esposa, los hijos, el padre, 2) el béisbol, 3) los árboles, 4) la patria, 5) la tradición, 6) la espiritualidad: las virtudes teologales, la fe, la esperanza y el amor, 7) los ídolos de la niñez y la madurez.
Luego, esas querencias se convierten en palabras, por eso la tercera parte se titula El sendero del poeta. En estos poemas encontramos una especie de ars poetica, como la estilan Neruda, Machado, hasta cierto punto Lope, Juan Ramón Jiménez y tantos otros. En el caso de Báez Fumero, la palabra crea el mundo que se plasma en el alma. El alma es como la bóveda que guarda todas esas cosas. Encontramos el ars poetica en Del verso primero (p.10): “Estás en mis noches igual que en mis días. Te guardo en mi alma que guarda el amor.” En el poema Clarosocuro parece hablarse de la inspiración: “Y callé por no romper tu silencio que gritaba, lo que yo había pensado tantas veces sin palabras. Mas no supe si era yo o eras Tú quien hablaba. Y entendí que me entendías, aunque no entendía nada” (47). También en el poema A tientas atisbamos de dónde le vienen a José Juan sus voces inspiradoras: “Camino en la noche a oscuras, escucho mil voces viejas, confundo goces y quejas. A donde voy nada augura” (56). Y habla del poeta en el poema El sendero del poeta (40): lo describe como hacedor de la vida, como espíritu inquieto, como un místico cuando dice que “recorría el sendero del que quiere sentir el poder del Supremo hacedor de la vida.” La poesía se presenta asimismo como un fenómeno natural: “no harán falta palabras rebuscadas, ni frases de elogio pasajeras: el alma dirá su suave canto, preludio cantor de nueva vida” (64). Otro espacio que da la impresión de estar asimismo en el ámbito poético es la música: en el poema Impresión musical el hablante lírico, mientras medita en un concierto en La Mayor de Mozart para clarinete, apunta: “Cuando la música nos deja sin palabras el espíritu habla y el alma vibra” (73). Otro poema que hace alusión a la poesía en su guía para quien busca la inspiración de los dioses es La palabra exacta (74): “Cuál es la palabra exacta para cantar tu grandeza.” “Cuál es la medida justa que confirma nuestro amor. Quien entre hombres tiene la presencia venturosa del espíritu que habla a tu esencia, oh, Señor, el que acorde o desbordado acaricie cual la brisa la ventana del espíritu y penetre al interior del recinto resguardado.” Está claro, que quien busque intimar con las musas, deberá buscar a Dios en su interior.
Es esa misma voz poética la que configura aquellos espacios de los que hemos hablado y los amalgama para explicar de alguna manera el título del libro. Para este poeta, el primer espacio que conforma los estadios de su alma es la familia. Nos habla en distintos poemas de su madre, y del amor que ésta dispensa, “su amor es callado, es casi invisible al resto del mundo en su incansable trabajo vital” (Madre, 16). Y para complementar esta visión de la madre como parte importante, insustituible en el alma del ser humano, en la última parte del libro José Juan nos ofrece dos poemas a la Virgen. Uno que tiene que ver con la asunción de María, y otro a la Virgen del Rosario de Yauco, lo que empata los temas de la familia, la tradición y la identidad nacional. Temas para mí muy importantes, dado el caso de que parte de la cultura de un pueblo, del alma de un pueblo, son las creencias religiosas. Cada pueblo venera con ardor a sus santos, santas, y a sus ídolos. Ídolos en el mejor sentido de la palabra. Cuando el poeta habla de su madre, de sus hijos, a quienes les dedica varios poemas, de su esposa, de su padre, habla sobre sí mismo. Y cuando en un momento dado cambia y mira a aquéllos que admira porque han sido sus modelos, también habla de sí mismo. Aquí nos revela nuevamente su alma. Por eso José Juan habla de sus ídolos del béisbol, como Bernie Williams, a quien le dedica un poema y lo llama el Nureyev del Yankee Stadium, músico estelar, bailarín sublime, pintor asombroso. O cuando habla del pelotero de su pueblo a quien recuerda como que su “imagen encarna todo lo bueno” (Guillermo Carbonell), nos envía a pensar en nuestros propios ídolos. Recoge en sus poemas dedicatorias a Sidnie Poitier, a Jodi Foster, a Canena Márquez. A mí personalmente me dieron ganas de dedicarle una de mis novelas a Bruce Lee, en Enter the Dragon. Porque se trata de rescatar en tu alma aquellas cosas que te dan vida. A sus hijos José Juan y Aidita los nombra con un cariño inmenso. A su hija Aidita la llama “capullo en mi alma.” Y a su hijo le dice “compañero de lo eterno.” Su padre forma parte de los recuerdos más hermosos, porque son los de la infancia cuando iban a ver los juegos de pelota. Cuando leí por primera vez Elogio íntimo del béisbol le dije a José Juan que sus versos me remontaban a una niñez feliz que pasé en compañía de mi padre. De la misma manera que José Juan iba a los juegos de pelota y al cine con su papá, yo lo hacía. Los domingos, más que ser de misa y de Dios, eran del béisbol y del cine, sobre todo de este último. Por eso atesoro tanto esta parte del libro, porque me llevan a ese pasado donde todo tiempo fue mejor, el “in illo tempore” de la poesía clásica.
Quizás pensaron que se me olvidó la esposa. Nunca jamás. Aida es el motor de este libro. José Juan se lo dedica con un amor, que más que amor es una devoción: “Para Aidita, con amor.” En Canción de amor José Juan le dice a su “amada”: “me gusta tu sonrisa que sabe a brisa fresca y tu mirada dulce cuando quieres soñar” (12), y también “Eres, amada mía, como del ave el vuelo que cruza la mirada del alma al despertar”. Y es que el amor es la fuerza que mueve el universo. Esta comunicación con la pareja empata con otro espacio del libro que había anunciado antes, las virtudes teologales. La unión entre hombre y mujer, tanto física como del alma es uno de los temas más importantes de la poesía del Siglo de Oro, hasta el punto que se creía que la relación sexual era un trasunto de la gloria venidera. Por eso, cuando se habla del amor en este libro, y se relaciona con la esposa, nos movemos en el ámbito de lo sagrado. Para el poeta “el amor tiene mil caras” “se esconde en suaves pétalos mojados con la ilusión.” Y nos dice, como Garcilaso, que el amor duele: “que abre sólo cuando duermes en los brazos del dolor.”
De la familia nos movemos a la espiritualidad. Al parecer José Juan es un místico. Siempre me lo ha parecido, con su inmensa tranquilidad, con una paz que a veces hasta envidio: callado, meditativo, profundo. Sus poemas revelan a alguien que piensa mucho sobre el mundo, sobre Dios, sobre el amor, sobre la vida. Y dentro de esa espiritualidad se encuentra primero la naturaleza. En su libro anterior, Nacidos del árbol del tiempo, nos presentaba la naturaleza como un espacio sacrosanto, donde los árboles constituían como los sacerdotes de la vida. Los pájaros parecían místicos del Tíbet que nos enseñaban a vivir la vida desde un punto de vista sagrado. Aquí también José Juan nos habla de los árboles, nos dice que de alguna manera son parte de su origen como ser humano: “Nací en una arboleda bordeada de pastos amarillos, la llevo metida en mi alma cual ángel que viaja conmigo” (6). Y nos señala un camino seguro de espiritualidad natural cuando nos dice en En las ramas altas: “Quiero adentrarme en el bosque espeso al encuentro con la sombra y el canto de los pájaros, quiero sentir el aire que redime el dolor, que borra el llanto y nos hace renacer” (7). Este poema me recuerda el “beatus ille” de Vida retirada, de Fray Luis de León: “Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido...” con su menosprecio de corte y alabanza de aldea. Y más impresionados quedamos cuando este bosque se identifica con el cielo en el poema El bosque de los árboles eternos, que nos remite a la búsqueda incesante del ser humano por la tranquilidad y la paz interiores: “Desde tiempos ancestrales busco el río que me lleve al bosque de los árboles eternos, al prado de las flores siempre vivas... Y he viajado mucho, y he aprendido poco... No sé si allí esté el canto, en ese ir eterno sin descanso, no sé pero sigo buscando” (72). Como apuntamos al principio, como parte de la espiritualidad están las virtudes teologales. Ya hablamos algo del amor. La esperanza aparece en el poema del mismo título: De la esperanza (63). Y la fe en De la fe y el espíritu (75). El libro está plagado de frases tomadas del Tao Te Ching de Lao Tzu, de alusiones bíblicas y de glosas de poemas del místico San Juan de la Cruz. Además, el autor mismo ha dicho que tomó idea de los haikus, poemas japoneses breves que capturan un momento de la existencia, como en el Zen. Al final de este poemario tenemos un poema titulado De lo inefable. Propongo que en última instancia José Juan se ha movido desde las querencias de su vida cotidiana hasta su añoranza del cielo como un premio a una vivida con el ciento por uno aquí, como prometió Jesús a los que siguieran sus enseñanzas.
En términos de forma, este libro contiene estrofas que Báez Fumero no había usado en sus libros anteriores. Ha recurrido al romance eneasílabo, de rima en muchos casos libre, no necesariamente con asonancia en los pares. Pero el empleo de este tipo de poema, que lo había utilizado la Generación del 27 en España como una vuelta a los clásicos, especialmente García Lorca, nos remite a que el poeta quiere narrar anécdotas del diario vivir, porque de eso se trata el romance. Además, utiliza, como en su primer libro, la décima culta. Todo contextualizado dentro de ese tema de la tradición que apuntáramos ya.
El lenguaje contiene frases muy felices. Báez es muy dado a usar el símil para mostrar las analogías que le son más queridas: “la llevo metida en el alma cual ángel que viaja conmigo,” dice para referirse a la arboleda de su niñez. “Eres voz que resuena cual guitarra en la noche” le dice a su amada. Usa metáforas de la naturaleza: “Y nos planta un poema” (11). Asimismo usa las imágenes sensoriales: “Eres cual sol ardiente en medio de la playa que siento que me abrasa frente al azul del mar” (12). La personificación: “Se esconde bajo las ramas del árbol que sin razón el piso llena de aromas que cantan una canción” (17).
Para rematar, José Juan se dedica en sus ratos de ocio, y desde jovencito, me dijo, al dibujo y a la pintura. Los dibujos que adornan su libro son de su autoría también. El de la portada tiene un aire de tranquilidad campestre que me recuerda los versos de la naturaleza, quizá el Yauco de los recuerdos de la niñez, el lugar sin límites, que en lontananza nos depara una experiencia mística. Adentro hay dibujos de guantes y bolas, de pequeños árboles solitarios, de árboles un poco secos. El árbol es símbolo de la sabiduría, porque muchos poetas lo han comparado con un anciano sabio, como Machado en A un olmo seco. Así que creo que José Juan los ha colocado ahí como símbolo de lo que el libro asimismo quiere decir: la vida es un camino para adquirir sabiduría, construimos el mundo con las palabras, y dulcificamos la experiencia mística con el amor de aquellos que nos rodean, de las cosas que toman forma en nuestra alma y nos llevan hasta el cielo.
Una vez más, José Juan Báez Fumero nos lleva por el camino del misticismo, como hizo con su primer libro. En un viaje interesante por el alma humana, nos recuerda que somos viajeros de este mundo, que vamos hacia otro, donde la naturaleza tiene importancia, donde los espacios del alma los pueblan nuestras querencias inmediatas: la familia, los amigos, la patria, Dios |
| Publicado en el Internet: 6 de septiembre de 2004. |
| Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas |