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SEMBLANZA DE LUIS MARTINEZ FERNANDEZ |
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Pienso especialmente en Luis Martínez, el maestro que guió mis primeros pasos en la tarea de enseñar, que me abrió su casa y su biblioteca sin apenas conocerme y que me regaló una amistad sin quiebras, hace casi 60 años. Como suele ocurrir a muchos jovencitos –o más exactamente, solía ocurrir–, Luis me confiesa que durante algún tiempo, mientras de niño, estudiaba en las Escuelas Pías, creyó que tenía vocación religiosa. Tal idea se esfumó, probablemente mientras hacía su bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Camagüey. Después, a instancias de su madre, Flor de María, estudió Derecho, pero apenas ejerció la carrera. Lo nombraron abogado fiscal, “Pero” –me dice textualmente en una de sus últimas cartas– “apenas duré en el cargo”. Creo que fueron unos tres meses. Entonces cogí el título y se lo regalé a mi madre. Le dije: “Me querías abogado y aquí me tienes. No puedo ejercer la carrera porque no me gusta. No nací para acusar, sino para defender”. Y siguió sus estudios de Filosofía y Letras, que ya tenía muy adelantados.
Su vocación por la enseñanza, firme y definida, floreció plenamente, por lo que, después de un intervalo durante el cual enseñó en el Colegio Episcopal de San Pablo, pasó a ser profesor del Instituto. Allí, a lo largo de muchos años, fue dejando una profunda huella en sus alumnos, para los que no fue un simple transmisor de conocimientos, sino un ejemplo vivo e inspirador de amor a las letras y a las virtudes humanas y cívicas. Luis, de manera espontánea y fácil, contribuía a que sus muchachos recibieran no sólo información para el intelecto, sino también formación para el carácter. Ya en el exilio, fue profesor en Puerto Rico, donde sus normas serían la mismas. El resultado ha sido otra pléyade de jóvenes universitarios en los cuales influyó tan benéficamente como había influido en los adolescentes camagüeyanos del Instituto.
Tanto en su patria de origen como en la adoptiva, las actividades intelectuales de Luis nunca se redujeron a una labor limitada a la cátedra a secas, o más bien pudiéramos decir que sus tareas académicas trascendieron y contribuyeron grandemente a la cultura, tanto en Camagüey como después en Ponce. Publicó libros en sus dos patrias: El Lugareño y otros ensayos; Romancero biográfico de Agramonte; Historia de un oscuro amor y otros cuentos. Ofreció incontables conferencias y colaboró en todo empeño cultural serio. Como una derivación de su cátedra de español, fundó en Camagüey y dirigió hasta las postrimerías de la República el Seminario de Artes Dramáticas. Había tomado cursos de dirección escénica en México con Fernando Wagner y montó y presentó brillantemente obras propias y ajenas. Para el Seminario y sus muchachos escribió El amor huele a rosas, Evocación de Bécquer, Abajo el divorcio y otras. Todas se representaron con notable éxito y a ellas sumó la memorable puesta en escena de Munio Alfonso, la hermosa pieza de nuestra Gertrudis Gómez de Avellaneda.
También en su ciudad natal, aparte de numerosos ensayos –muchos inéditos– publicó infinidad de artículos en el antiguo periódico El Camagüeyano. Porque Luis también había estudiado periodismo y era profesor de la Escuela de Periodismo Walfredo Rodríguez Blanca. Su labor como periodista ha sido extensísima en el exilio. Dirigió la sección literaria del periódico El Día mientras se publicó en Ponce; ha publicado trabajos diversos en la revista Horizontes de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico; en Atenea, de la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez; en Prensa Literaria, de Puerto Rico; en la revista del Instituto de Cultura Puertorriqueña; en La Toga, de los abogados de Puerto Rico. Ha colaborado en La religión, de Caracas; en El Nuevo Día, de San Juan, Puerto Rico; en Las Palmas, de Gran Canaria; en El Camagüeyano Libre, de Miami; en el Diario Las Américas, también de Miami, y en el ABC de Madrid. En su doble condición de profesor y periodista, dirigió la revista Ceiba, órgano oficial de la Universidad de Puerto Rico en Ponce, institución en la cual enseñó durante muchos años.
Luis, además, es poeta. Poeta en esencia. Y escribió versos, sobre todo en Cuba. Nunca los recogió en un libro y anduvieron, volanderos, por revistas diversas: Azor, de Barcelona; Puerto, Norte y Sur, que se publica en los Estados Unidos; Círculo Poético, que edita el Círculo Panamericano de Cultura en los Estados Unidos, hasta que su hijo bien amado quiso, hace unos dos años, publicar un libro que contuviera lo poco de la obra lírica de su padre que se había salvado de las fauces de la Revolución. Y así apareció, en 2001, un precioso volumen titulado Anclas de espuma (Brevario Lírico), que ha tenido una vasta difusión, como obsequio generoso a amigos y a gente amantes de la poesía. Y ahora el hijo acaba de hacer lo mismo con sus artículos periodísticos. Hermosa prueba de amor filial y noble servicio a la cultura de su segunda patria.
Este viejo y fiel amigo, miembro de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico y de la Academia Internacional de Artes y Letras de Nápoles, Italia, ha sido merecidamente galardonado con premios, distinciones y reconocimientos, como el Premio a la Superación Ciudadana, que le confirió el Club Rotario Internacional en 1959. Ya en el exilio, fue honrado con el Premio Lincoln-Martí, del Gobierno de Washington, en 1969. Después, en 1972, fue designado Outstanding Educator of America y posteriormente recibió el premio Juan J. Remos.
Hoy Luis, cargado de años, de recuerdos y de satisfacción por la obra realizada y los afectos conquistados, permanece retirado de sus antiguas actividades en medio de una cálida atmósfera familiar. Pero hasta allí le siguen llegando los mensajes de sus muchos amigos y la devoción y el respeto de los innumerables discípulos que en otros tiempos bebieron saber, inspiración y sólidas virtudes a través de su palabra. |
| Publicado en el Internet: 6 de septiembre de 2004. |
| Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas |