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LA NOVELA BURGUESA DE ORTEGA MUNILLA: PARADIGMA DEL DESPOTISMO IDEOLÓGICO DECIMONÓNICO Murray State University (EE.UU.) |
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Resumen:
José Ortega Munilla no sólo fue un testigo de la realidad socio-política del siglo XIX español, sino un activo participante de la realidad literaria de sus días. Parte de su novela muestra esa interacción entre las nuevas ideas y la ideología tradicional que se caracterizó por el llamado despotismo de las ideas que mediatizó las cosmovisiones y formas en que su gente se relaciona, y que eventualmente horadó un cisma que pareció irreconciliable en la España del siglo XIX. Esta realidad se reflejó en la novela realista de la década de los años sesenta y setenta. Ortega Munilla hace de su novela Lucio Tréllez un ejemplo poco conocido de esta faceta de la conciencia española decimonónica.
Expresiones claves:
_ El despotismo de las ideas, polarización ideológica, aislamiento, novela idealista, novela tendenciosa
Una gran parte de la novela realista española escrita entre 1868 y 1880 capta el despotismo de las ideas que caracterizó la pugna entre la conciencia tradicional y el advenimiento de nuevas ideologías en la sociedad de la España de la segunda parte del siglo XIX. Esta polarización ideológica modeló en la novela una dinámica que materializa acciones y trasfondos. Por otra parte, mediatiza cosmovisiones y rige las formas en que los personajes se relacionan. José Ortega Munilla configuró así en su novela Lucio Tréllez un ejemplo poco divulgado de esta realidad socio-política y literaria que es función de la fuente histórica peninsular.
Encontramos un antecedente de este paradigma en la acción de un monarca del siglo XVI: en 1559 Felipe II sentenció a sus súbditos al aislamiento. Proscribió bajo pena de muerte el estudio en el extranjero, a menos que éste fuese específicamente autorizado, o se efectuara en Italia o Portugal. Se recuerda esta época como evocativa de extensas posesiones territoriales que transformaron a Felipe II en el monarca más poderoso de Europa, y también como portadora de una nueva vitalidad destinada al dogma: fueron años de parcial aislamiento que se materializaron como objeto de señorial añoranza en las mentes conservadoras de épocas futuras. Por otra parte, identificamos en la Ilustración los afluentes del pensamiento liberal del siglo XIX. Cuando Emile Zola nos habla sobre el determinismo del medio, no nos está diciendo algo absolutamente nuevo. La obra de Fernández de Moratín lo atestigua. Los principios básicos ilustrados de austeridad estética, determinismo del medio y su noción de la razón empírica proyectaron una cosmovisión que se abría al mundo y se esforzaba por establecer una interacción con él. Ya en el siglo XIX, en conflicto con el desborde emocional del Romanticismo, las proyecciones de la Ilustración buscaron una síntesis que proyectara nuevos cauces en interacción con las corrientes europeas: en 1834 la muerte de Fernando VII trajo a España además del retorno de los liberales en exilio un desarrollo del periodismo crítico cuya práctica más combativa, Mariano José de Larra, de formación francesa y visión cosmopolita, denunció el provincialismo de sus coetáneos con una perspectiva poco convencional de lo religioso dentro del contexto peninsular:
El protestantismo separando en los pueblos donde se introdujo la religión de la política, el cielo de la tierra, y poniéndose de parte de los pueblos, obró con mejor instinto ... llegó a ejercer una verdadera influencia tanto más indestructible cuanto mejor era su fundamento, y aseguró la libertad arraigándola primero en las conciencias, en las costumbres después. Hermanó la libertad con la religión ... Aunque más tarde, por qué no hemos de hacer lo propio con el catolicismo. (Cantarino 133)
Su eclecticismo religioso anticipó el panteismo y armonismo de Sanz del Río. En su ataque a la inoperancia de gobernantes e instituciones y crítica a la complacencia de sus conciudadanos vio Azorín un antecedente de la Generación del 98. Pero la dinámica de las ideas durante el siglo XIX no se limitó tan sólo a una línea de avanzada: tuvo una variedad de frentes, circunstancia que el crítico Donald L. Shaw resume como:
la influencia británica de Hume, Locke, Bentham se dejó sentir en Joaquín de Mora y Alcalá Galiano. La filosofía del “sentido común” dirigida por Alexander Hamilton--desarrollada sobre todo en la Universidad de Barcelona por Ramón Martí de Eixalá, F. Javier Llorens y Barba, y Manuel Milá y Fontanals cuya influencia alcanzó desde Mora que publicó en 1832 Cursos de Ética y Lógica, según la Escuela de Edinburgo, hasta Balmes y Menéndez Pelayo. Tampoco se puede dejar de mencionar la influencia que el enciclopedismo francés ejerció en Donoso Cortés. (273)
Este proceso de concientización preparó el terreno para la fundación de La Institución Libre de Enseñanza por parte de Giner de los Ríos en 1876, sin desconocer que la fuente principal de su concepción fue la cátedra de filosofía krausista que ostentara desde 1854 hasta 1865 Julián Sanz del Río1 en la Universidad de Madrid. Hecho que tuvo uno de los mayores impactos en el intelecto de la juventud española del siglo XIX. A simple vista se torna dificultuosa la comprensión del fenómeno del éxito que su cátedra comenzó a ganar, más aún si consideramos la fragilidad de la reputación del krausismo en los círculos académicos alemanes. Pero la aplicación práctica que Sanz del Río le dió en el medio español resultó de gran aliciente a conciencias que luchaban por expandirse. Cantarino resume el contenido ideológico del krausismo como sigue:
Para los krausistas españoles “Dios es el todo de todos los seres” y “la religión consiste en la unión personal y esencial del hombre con Dios... El hombre, imagen viva de Dios y capaz de progresiva perfección, debe vivir en la religión, unido con Dios y subordinado a Dios, ... debe realizar ... la armonía de la vida universal y el mundo debe ... educarse a sí mismo”. En cuanto a las normas de conducta el consejo central de los krausistas es: “Haz bien porque es bueno, sin más consideración que su intrínseca bondad”. Como doctrina, el krausismo español era de una vaguedad muy difícil de definir. Esto, sin embargo, en vez de presentar dificultades a su difusión, fue, por el contrario, su mayor ventaja, permitiendo su aceptación incluso por pensadores de direcciones y matices sociales y políticos muy diversos. (295-6)
Aunque en esencia, el krausismo no presentaba un antagonismo a la devoción religiosa ni tampoco al credo cristiano en general, la institución clerical vislumbró una amenaza en su armonismo. Entre los más preclaros detractores de su causa se destacó Menéndez Pelayo: “El panteísmo está en el fondo de toda filosofía no católica ... y persigue como fantasmas a todo español que se aparta de la nueva luz” (24). Pero la rápida y amplia difusión del movimiento fue un hecho que Leopoldo Alas percibe a su manera, de acuerdo a una cita de Beser: “En España hoy todavía, y fuera ilusiones, todo filósofo nace krausista, y por ende nebuloso y no muy limpio de conciencia: así lo cree el público grande, que es el gran público; lo cree primero porque sí, y luego porque muchos se lo dicen” (91). Iris Zavala corrobora la penetración ideológica que esta escuela logró en la España del siglo XIX:
En consecuencia, perteneció al krausismo, de una manera u otra, casi toda la Intelligentsia española de la segunda mitad del siglo XIX, que entendía el arte como forma de la actividad espiritual... El darwinismo se conoce en España desde 1876 (la primera traducción de El origen del hombre) y dará paso a múltiples polémicas ideológicas debido a su carácter laico. Finalmente se mezcla con el evolucionismo espenceriano, a que tan afines fueron los jóvenes del 98, en particular, Unamuno. (668)
Según la opinión de Marcelino Menéndez Pelayo recogida en La Conciencia española, “la ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia” (210), axioma que brinda una perspectiva de la dimensión de la polémica de las ideas que medió durante los días del apogeo del realismo literario y el comienzo de La Restauración. De tal manera, el cisma parece irreconciliable. En la literatura, por un lado, domina la noción de una adherencia a la realidad objetiva con un énfasis en valores burgueses y la representación de sus conflictos. Por otro, sigue prevaleciendo una orientación romántica, melodramática e idealizadora de la realidad. El antagonismo se manifiesta en la actitud de Doña Perfecta, como en la de Pepe Rey, en la novela de Galdós. Está presente en el despotismo ideológico que representa Galdós en La familia de León Roch, el cual convierte a su protagonista en esclavo de ellas. Se evidencia en la amagada relación entre Lucio y Rosario en Lucio Tréllez. Esta contrariedad o discrepancia ideológica está bien contextualizada en las líneas siguientes de López Morillas:
Porque las ideas, si vale la pena repetirlo, son agentes disociativos, y sólo esquivándolas pueden los hombres encontrarse y fraternizar en el terreno de la común humanidad. El despotismo de las ideas es, pues, lo que da carácter polémico a la novela española del período 1870-1880, como da carácter polémico a la filosofía, a la religión, a la política, en suma, a todas las actividades de este decenio. (137)
Por su naturaleza ambigua o contradictoria, López Morillas denomina novela idealista a la novela realista española del siglo diecinueve, porque su problemática está alimentada por un deseo de que las cosas sean diferentes de lo que son. A esta novela, Leopoldo Alas prefirió llamarla tendenciosa. De acuerdo con López Morillas, tan sólo después de 1880, calmada ya la ebullición provocada por el krausismo se puede hablar de una novela realista, esto es, anclada en una realidad no reducida a priori a un esquema ideológico. Pero este nuevo período realista, naturalista, es a su vez de corta duración, y con la Generación del 98 renace la ideocracia en la novela. Por su parte, Beser capta con su propia perspectiva este momento:
Del comentario dedicado a la novela en el libro de López Morillas, parece desprenderse cierta relación con el krausismo y esta corriente narrativa [realismo]; de sus tres máximos representantes –Pérez Galdós, Alarcón, Pereda– sólo el primero puede considerarse relacionado con los grupos krausistas, incluso una de sus novelas, La familia de León Roch, estará determinada ideológicamente por la influencia de aquel movimiento ... Leopoldo Alas, formado en la ideología krausista, íntimamente relacionado con este grupo, será el defensor más caracterizado de la novela tendenciosa. (88)
Como una representación burguesa en la literatura, la novela tendenciosa a menudo evidencia su información de las nuevas ideas, en particular el idealismo-racionalista krausista, sin dejar de lado los remanentes románticos. Se manifiesta particularmente en la primera fase de la obra de Galdós y es muy visible en la segunda etapa de la producción novelística de José Ortega Munilla. Se anuncia en forma muy discreta en Tren directo, pero toma carices más definidos en Lucio Tréllez.2 A través de un breve análisis del discurso de sus personajes se puede determinar la identidad ideológica del hablante. Un buen ejemplo es el siguiente intercambio entre Anatolio Ustáriz, hijo del abogado madrileño Adrián Ustáriz, en cuyo bufete Lucio Tréllez está efectuando su pasantía, y Don Teófilo, hermano de Adrián y clérigo en Cuenca que hace un efectivo uso del silencio, de la sugerencia y la intriga en su forma de expresión: “Alguien... ha intentado ocupar ese sitio vacante en tu casa...”. Las palabras del clérigo conllevan la intención de herir la susceptibilidad del receptor, despertar su curiosidad, y eventualmente, por virtud del efecto de la reacción negativa de sus emociones, encierra la arrogación que éste ha de percibir la necesidad de actuar en defensa de su honor. Con esta intención Teófilo continúa su intervención: “eso se hace de a poco; es preciso para ello constancia de hormiga, mansedumbre de oveja, astucia de culebra... ¿Sabes a quién me refiero? –continuó el clérigo mirando a su sobrino”. Las palabras del hombre parecen estar describiendo su propio proceso mental. La aplicación de las características de la oveja y la culebra recuerda el uso bíblico de estos animales; para continuar con: “apenas le ví supe a qué atenerme... y adiviné que tú eras el sacrificado”. El uso de la sugerencia a través de figuras, junto con el silencio y el lenguaje fragmentado, construyen una vía para evadir la responsabilidad que implica la formulación de la acusación a través de la articulación lógica de la palabra. La incorporación de elementos bíblicos conlleva la ambición de construir una fortaleza mítica alrededor de su lenguaje, inexpugnable, inamovible, que implique tácitamente el valor incuestionable de su licencia como canal de mandatos divinos. Asigna así al beneficiario un derecho, Anatolio en este caso, y lo releva de la responsabilidad del deber de hacerse merecedor por mérito de la confianza de su padre. Transfiere la obligación de la deuda producida por la prodigalidad y falta de responsabilidad de éste a los otros miembros de la familia, achacándoles la obligación de representar una versión colectiva del principio de ofrecer la otra mejilla, lo que resulta en una variante de la noción que percibe la vida como una secuencia de sufrimientos por los cuales el que los padece ha de ser eventualmente recompensado. Se personifican en la obra dos tipos de conciencia a través de la naturaleza de su respectivos discurso: la de Adrián, medida y racional, y la de Teófilo, manipuladora y oblicua. Cada una de ellas, y sus respectivos discursos, lleva en sí elementos que se han evidenciado en algunos de los otros personajes, pero, claro está, la presencia de sus respectivas diferencias se condensa en Adrián y Teófilo, por lo tanto, también es más clara en ellos. El carácter de Lucio se sitúa junto al polo asignado a Adrián, ambos representando a la burguesía de “nuevo cuño”: conciencia emergente en esos momentos en la demografía española del siglo XIX, identificable con la visión histórica del krausismo, La Institución Libre de Enseñanza, Giner de los Ríos y Julián Sanz del Río. Anatolio, por su parte, cae dentro de la esfera de influencia de Teófilo y valida con creces su alienación de la razón. Es la dinámica que forja la problemática de la obra y entreteje la intriga. Se intenta identificar su discurso con la firme tradición devota y teocrática del país, apegada a la noción del derecho natural. Un ejemplo del discurso de Adrián durante los días en que su hija Cristeta agoniza, refleja la percepción del deber de un profesional cuyas responsabilidades no pueden ser dejadas de lado aún cuando una crisis familiar le esté disputando su atención. En esta circunstancia apela a Lucio para llevar a cabo una negociación con otro abogado de considerable influencia política:
No, amigo Tréllez. La ciencia no puede hacer milagros. Los milagros sólo puede hacerlos Dios, y verá usted cómo ahora no los quiere hacer. Pero vamos al objeto de mi llamada. Mire usted, que es fuerte cosa en los hombres de cierta posición, el que no puedan dejar de ocuparse de negocios ajenos, ni aún cuando todos los demás hombres están autorizados para olvidarse de la vida y reconcentrarse en su dolor. (47)
La circunstancia profesional de Adrián lo muestra como a un hombre con fuertes nexos en el terreno jurídico y obligaciones que se extienden hacia el campo de la política. Cuando Don Adrián interpela a Don Teófilo y le aclara: “quiero a mi hijo más que tú, a pesar de que hoy te has convertido en su abogado; pero quiero también a mi hija, y me quiero a mí mismo”, él hace una aseveración en que manifiesta una adhesión al pensamiento burgués positivista. Repite esta aserción cuando reconoce que no sólo quiere a sus hijos sino también se quiere a sí mismo: reflejo de una noción existencial que involucra que el hombre toma responsabilidad de sus acciones y también puede ser el forjador de su propio destino. Por ende, se asigna una calidad perfectible. Se deriva de la palabra de Don Adrián que esta visión del mundo estaba encontrando un asidero en la élite burguesa española, y si aún no era una fuerza dominante, se evidencia como una dinámica emergente en la narrativa de Lucio Tréllez. Para captar las características de conciencia que mueven la problemática de la novela, es preciso desglosar los elementos que componen la acción de Rosario. La muchacha había iniciado una relación amorosa con Lucio Tréllez, pasante de derecho en la oficina de su padre. La aplicación que en el corto espacio de tiempo el joven abogado había demostrado en su trabajo, y el conocimiento del manejo legal que había adquirido, le habían convertido en los ojos de su superior como su posible sucesor en el bufete. El hermano de Rosario, Anatolio, había concluido sus estudios de derecho pero no había adquirido mayor conocimiento dado su desinterés por el estudio y el trabajo. En la carta que Teófilo le insta a escribir a Rosario, éste le pide su intervención ante su padre para que despida a Lucio, a quien acusa de usurpación de un derecho que en propiedad le correspondía a él. El siguiente segmento de la narrativa describe la secuencia de sentimientos discrepantes con que Rosario recibe el contenido de la carta:
Alzóse Rosario de su asiento, apartó los brazos de Tréllez y fué a dejarse caer en un pequeño confidente que en el más lejano rincón de la estancia se veía; allí ocultó su rostro con ambas manos.
– Dime la verdad– exclamó Lucio –no me ocultes nada.
– Ah, Lucio– repuso ella, –es una desgracia irremediable, una desgracia sin igual. –No puedes imaginarte siquiera. Nuestras esperanzas han sucumbido.
– Sucumbir!– contestó con firme acento Lucio. –No se sucumbe al primer golpe. Podrán acometernos todos los males de la tierra y del cielo, y si tú resistes con energía y voluntad, no lograrán separarnos... (182)
La palabra de Rosario con su abultado reflejo cultural, explica su estado de alma, siendo la siguiente sección de su discurso particularmente esclarecedor de su conciencia: –“Es que yo no puedo resistir, es que yo no puedo oponerme a mi desventura. Un deber me manda aceptarla si me la ofrecen y buscarla si no se pone delante de mi camino”. Queda implícita en su afirmación que ella percibe como su deber de aceptar en forma pasiva el sufrimiento si éste le acosa, pero es más, ella ha de buscarlo si éste no viene en su búsqueda. Es la coartada que le ha de redimir algun día. Adherencia devota a nociones que exaltan el sufrimiento, y envuelve un determinsmo inamovible; en el plano de la producción literaria significan una adhesión al novelón, el cual no se puede concebir sin la existencia de la desgracia: un corazón sangrante y un entorno lacrimógeno. Una noción melodramática que ha de tener su recompensa en el más allá; pero es importante el hecho que esta misma conciencia sea capaz de conceptualizar su cosmovisión, y a su manera, defenderla. Una estructura que es autoconsciente de la dinámica que la motiva. Si se atiende al desarrollo de la intriga, se percibe que la dinámica que mueve la acción aquí da un vuelco. La respuesta de Lucio ofrece una explicación de la circunstancia. “¡Extraño deber! –repuso Tréllez– No hay deberes contra la propia dicha. Eso son sutilezas de un alma devota que busca con ansia ocasiones de sacrificar su felicidad en aras de un ideal obscuro, de que nada nos responde”. Lucio establece su antagonismo con la perspectiva de Rosario y la pone en el contexto de un alma devota ubicándola dentro de la esfera de conciencia de Don Teófilo. La visión del mundo que no asigna a esta vida mucho más que una realidad de sufrimientos con el objeto de encontrar una redención en regiones que se encuentran más alla del juicio final. Esta problemática define y mediatiza la conciencia devota del personaje, y lo deja caminar su propia senda de pasiva resignación. Lo que en forma superficial podría entenderse como una estructura obediente al precepto melodramático que resulta en un estudio del personaje por parte del texto. Por otra parte, la reacción de Rosario tomada por “devota”, también representa una parodia de la conciencia lectora de la novela sentimental, materializada en el folletín o novela por entregas, lo cual es el caso de la disposición ilusoria de Isidora en La desheredada de Galdós. En este caso, la escena de la ruptura entre Rosario y Lucio expone esta conciencia frente a la del liberal de nuevo cuño con mediaciones krausistas de Lucio. De tal manera dentro de su contexto idealizado la novela cumple con un precepto básico del realismo que es la observación objetiva de un desarrollo que sigue su propia dinámica. La novela logra su cohesión en un marco de aspiraciones transcendentes válidas, religiosidad, valor vigente en la cultura peninsular del siglo XIX.
NOTAS
1 En 1843, Julián Sanz del Río había sido nombrado por decreto profesor interino de filosofía de la Universidad Central de Madrid bajo condición de residir por cierto tiempo en Alemania para interiorizarse de los estudios de filosofía llevados a cabo en el seno de sus pricipales universidades. Su conocimiento de la filosofía alemana y su dominio de la lengua son motivo de seria duda. Su formación académica acusaba una relación con el derecho canónico en lugar de una familiaridad con el pensamiento de Hegel y postkantianos. Pero las escuelas que su contrato original estipulaba como objeto de especialización, a la postre se redujeron a una: el racionalismo armónico de Krause.
2 Pedro Tréllez, un comerciante jubilado y su esposa Olegaria, mujer enfermiza, viven en un barrio madrileño con su hijo Lucio, joven recién recibido de abogado, que cumple con una pasantía en el prestigioso bufete de Adrián de Ustáriz. También reside en la casa de la familia Tréllez una sobrina huérfana, de diecisiete años, llamada Luciana, quien está al cuidado de Doña Olegaria, y siente un gran atractivo por su primo Lucio.
Don Adrián Ustáriz tiene tres hijos. El mayor, Anatolio, es un calavera de marca mayor que al comienzo de la narrativa se encuentra en París. También tiene dos hijas, Cristeta y Rosario. Cristeta enferma y muere dejando a la familia sumida en el dolor. Don Adrián presiente que su hora puede llegar en cualquier momento, y decide plantearse la cuestión de la sucesión de su práctica legal.
Consciente de la inutilidad de su hijo, prescinde de él en la elaboración de sus planes, comenzando a asignar mayores responsabilidades a Lucio, las que el joven cumple con responsabilidad y acierto, a la vez que una corriente de atracción comienza a germinar entre él y Rosario. Anatolio retorna al seno familiar, pero su padre demuestra una tolerancia ya extinta por la pasada secuencia de errores de juicio cometidos. Apremiado por deudas de juego, el joven Ustáriz busca la ayuda de Lucio, quien obtiene dos mil quinientos duros de un depósito bancario de su padre, y se los facilitó. Converge también en la casa de los Ustáriz, Teófilo, canónigo de Cuenca, hermano de Don Adrián, que trata de convencerle de la injusticia que comete con Anatolio al ignorarle en los planes de sucesión del bufete. La percepción de Don Adrián capta la intención de su hermano:
Teófilo, Teófilo, no me mates con tus intempestivas furias... Sé razonable... ¿Serás capaz de salir de mi casa de esta manera, dejándome solo cuando necesito de tus consuelos? No te desprecio, sino que te quiero con toda mi alma. No desoigo tus consejos. ¿Quieres que perdone a mi hijo? Pues le perdonaré... Tráelo tú mismo, tú mismo... Ahora bien, no me exijas que le encargue de mis negocios. ¡Si no sabe por dónde comenzar a arreglarlos! ¡Tu pretensión sobre este punto carecería de buen sentido, y tú no puedes hacerla! (150)
La palabra de Don Adrián sugiere que las demandas de Don Teófilo carecen de un asidero práctico; en la cita siguiente, el discurso del sacerdote está concentrado en efectuar un chantaje sentimental: “¡Es inútil toda tentativa de arreglo! ¿Quién me manda a mí a salir de mi casa, emprender un viaje penoso y molesto, perder la tranquilidad de mis costumbres, para venir a arreglar a unos parientes orgullosos, mal avenidos, que me desprecian? Soy un necio” (150). Si la palabra de Don Teófilo no podía causar el efecto deseado en Don Adrián, la personalidad de Anatolio, siempre dispuesta a recibir el tributo del derecho al cual su condición de hijo de un hombre acaudalado, según él, le hacía merecedor, presentaba las características que habrían de responder a la intención del cura:
Alguien, alguien ha intentado ocupar ese sitio vacante en tu casa. Eso se hace poco a poco; es preciso para ello constancia de hormiga, mansedumbre de oveja, astucia de culebra. ¿Sabes a quién me refiero?–continuó el clérigo mirando a su sobrino– A ese mancebo que anda siempre siempre por aquí. Ah, yo tengo buen olfato! Apenas le ví supe a qué atenerme, y adiviné que tú eras el sacrificado. (153)
Aquí se plantea la polarización de dos tipos de conciencias manifestadas a través de la naturaleza de sus respectivos lenguajes, la de Don Adrián, medida y racional, y en el extremo opuesto, la intención manipuladora de Don Teófilo, asignando derechos en virtud de su propio chauvinismo, sin consideraciones de condiciones de carácter o educación, que vengan a sustentar la base que justifique tal privilegio.
Anatolio, por su parte, parece propenso a caer dentro de la esfera de influencia de Don Teófilo, la fuerza motriz que desarrolla la intriga. Esta le lleva a Cuenca, al hogar de su tío, desde donde escribe una carta a Lucio, acusándolo de usurpar su posición dentro de la familia, y otra a Rosario solicitándole su intervención en la voluntad de Don Adrián para despedir a Lucio de sus responsabilidades en el bufete. Confundido por la indecisión, el carácter de Rosario sufre un vuelco, y a pesar de su declarada inclinación amorosa por Lucio, oscila entre la tentacion de ser leal a su hermano, a quién también percibe como autor de una villanía, o ignorarle, y seguir adelante con Lucio. El siguiente párrafo ilustra la reacción de Rosario al recibir la carta de Anatolio:
Vió dentro de ella tal dosis de enorme injusticia, tanta maldad, tanto olvido de los sentimientos generosos que dignifican al hombre, que su primer impulso fue de desprecio a su autor. Pero luego reparó en que el autor era su hermano, y la naturaleza se obstinó en templar la iracundia de tal juicio, y buscó mil formulillas para conciliar sus deberes y sus deseos, la dignidad de Anatolio con el contenido miserable de su epístola... Mientras el cuerpo de Rosario yacía en una butaca de su gabinete, su alma volaba con alas de dolor por un país luctuoso y fúnebre, en cuyas fronteras, como las del infierno de Dante, podía haberse escrito el conminatorio epígrafe de la desesperación. ¡Ilusiones doradas, profecías de dicha, esperanzas de felicidad! Muertas todas como mariposas abrasadas, sus cadáveres cubrían la tierra que ayer pobló el amor de flores... Veíase ella, sin felicidad, llevando dentro del pecho un amor imposible ... Era tan complicado y dificultuoso el caos de sus sentimientos, que enredándose unos en otros, como las cerezas al ser sacadas del cestilla, no la era posible hacer análisis de ellos ni apreciación verdadera de su importancia. (178-79)
La indecisión de Rosario, ya en confabulación contra la voluntad de Lucio, cavó un abismo que habría de separarlos en forma definitiva. Lucio renunció a su posición en el bufete de Ustáriz, y a pesar de los ruegos de Don Adrián, persistió en su decisión de buscar un futuro por otros rumbos. A los pocos días después del despacho de cartas de Anatolio, el joven Ustáriz se suicidó en Cuenca. Entre las tramas secundarias de la novela, se encuentra la de Luciana, la joven huérfana al cuidado de Doña Olegaria. La desgracia de Luciana se puede resumir a través de algunas ironías: conocedora Doña Olegaria de la hermosura, elegancia, y prestigio social de Rosario, se encarga de soñar con la posibilidad de un matrimonio entre su hijo y la bella heredera, y hace confidencias a Luciana:
Aquella señorita tan alta, tan elegante, tan hermosa que vimos una mañana en misa... Qué lujo, que trajes, qué seda la de su vestido!... Quiero que reces conmigo, porque mi pensamiento sea verdad... Acércate... Ponte ahí de rodillas... Vamos... una Salve porque nuestro Lucio se case con la señorita Rosario–. Aquella muchacha parecía una autómata. Se arrodilló, cruzó las manos y rezó lo que la madre de Lucio quiso; pero al fijar sus ojos en la imagen de la Virgen de la Paloma que pendía de un clavo, en un marco colonizado por las moscas, miróla de un modo que significaba: Perdón madre mía, por este sacrilegio. Yo no quiero que hagas lo que ruego en mi oración! (66)
Los deseos de Luciana estaban muy lejos de encontrarse a la par de los de Doña Olegaria, de hecho, la muchacha había sufrido en silencio las consecuencias de un amor por el cual no guardaba ninguna esperanza. Pero sí había despertado el amor de un joven médico que visitaba a Doña Olegaria:
–Yo, yo mismo ... ¿No lo sabe usted? No sabe usted que la quiero más que a mi vida? Es usted una ingrata.
–Siempre bromista!
–Eso es, siempre bromista! ... Pues estoy muy serio, tan serio como está el hombre que llora por dentro. (172)
De la desventura de amar en silencio, Luciana había ganado una buena experiencia. Pero la ironía se acentúa cuando Lucio decide participarle el secreto del amor que él siente por la señorita Ustáriz:
– Yo he amado en un mes más que todos los hombres en su vida entera-- continuó Lucio –¿Tú no sabes a quién? A una mujer. ¡No hay otra! Las hay más bonitas, pero ninguna es como ella. ¡Qué sencillez la suya! ... Es una silueta de diosa, vaga y movible. Un amor tan grande, y ya lo ves, tan grande ... ha muerto.
–Pero es que no te quieren?
–No, me quieren. Eso es lo más horrible.
– No, eso no es lo más horrible. No, lo más horrible es no ser correspondido. (198)
Intempestiva, Lola, la vecina de los Tréllez, había obtenido de Luciana una confesión de su amor por Lucio. Sin pensarlo dos veces, se arregló y fue a visitar a Doña Olegaria para hacer un favor a la huerfana, a quién profesaba un gran cariño. Rápidamente, y con lujo de detalles, hizo el relato a la anciana:
–Ciertamente, mi Doña Olegaria. Usted podrá influir. Pobre muchacha. Es preciso un remedio enérgico, y el remedio creo yo que es ...
–Es llevársela de aquí cuanto antes.
–¡Cómo! ¿Qué dice usted? (206).
A los pocos días Luciana, escoltada por Don Pedro, emprendía la ruta de regreso a su pueblo de origen, Lugareda. La historia de Luciana es un ejemplo de inocencia. Candidez en reconocer sus limitaciones, incapacidad de regir su propia vida. Por su parte Lola expone la irresponsabilidad de inmiscuirse en lo que no es de su incumbencia, ocasionando un mal probablemente irreparable a la persona a quien era su intención favorecer.
BIBLIOGRAFÍA
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Zola, Emile. The Experimental Novel and other Essays. New York: Haskell House, 1964. |
| Publicado en el Internet: 9 de septiembre de 2004. |
| Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas |