TERESA

 

Prof. Estela García Cabrera

Directora Revista Horizontes

Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

 

 – No puedo ver el mar, ¿dónde están las puertas?,  ¿y el patio?

 

– Se lo robaron.

 

– Sí, se robaron el patio.  No está.  Tampoco están las ventanas.  ¿Las escondieron?

 

– Aquí todo es así, robado, escondido.

 

– ¿Y el árbol de ciruelas?

 

Se murió.  Dicen que se secó de viejo, de tristeza.

 

– ¡Puerto Esperanza!,  ¿dónde estás?  La calle está vacía, desierta, no se oyen las voces, ni siquiera las del mar.

 

– ¿Recuerdas las voces del mar?  ¿Y las de los duendes que vivían en las cuevas de los cangrejos?

 

– Sí, las recuerdo, pero no las escucho.

 

Solamente la voz de Teresa se escucha en Puerto Esperanza.  Y el aroma de su cocina se siente con tanta fuerza, que hechiza .

 

Oye, Teresa, esta langosta sabe a Puerto Esperanza.  Es igual a la que preparaba abuelo; y los frijoles negros están ricos; y el arroz blanco; y las chicharritas de plátano.  Este olor es lo más cerca que he estado de mi abuelo.  ¡Es la sazón!  Cuéntanos, Teresa, cuéntanos algo de ti.  ¿Tú conociste a mi abuelo?,  ¿cómo llegaste a Puerto Esperanza?,  ¿cuándo?,  ¿de dónde eres?

 

– Llegué un día a Puerto Esperanza.  Me gusta vivir aquí.  Es un puerto de mar cálido, sereno, limpio.  ¿Ves el mar?  Siempre es así, verdeazuloso.  Por las mañanas parece un plato, de tan tranquilo que se ve, pero por las tardes se pica y las olas se encrespan y brincan y puedes ver saltar las gaviotas de palo en palo.  ¿tú lo recuerdas así?

 

Sí, pero no tan silencioso.  Antes había música en las olas y muchas voces.

 

– Pues, mira, te voy a contar.  Son otros cuentos, otra realidad, otras situaciones, pero, será bueno que te lleves las nuevas voces del mar.  Siempre hay algo nuevo y algo viejo en Puerto Esperanza, pero sobre todo hay olor a mar, a pescado fresco, a recuerdos, porque los recuerdos también tienen sus olor y su sabor...  Y Teresa se sentó a contar.

 

– ¿Sabes qué son piedras vitaminadas?

 

– ¿Piedras vitaminadas?, No.

 

– Son unas piedrecitas que viven dentro del arroz, revestidas de poder–.  Y al decir esto, Teresa se echó a reír.  Su voz me haló – de un tirón – a la niñez.  Su risa era franca, cálida, abierta, pícara, e imaginé toda una leyenda detrás de las piedras vitaminadas.  Fue con unos turistas americanos que vinieron aquí a comer hace unos meses.  El arroz no había quedado muy limpio ni muy bien escogido.  ¡Imagínate!,  Tía Elsa ya no se ve.  Se le colaron algunas piedrecitas, y la americana empezó a protestar.

 

– Rice with stones?  Is this what you people eat here in Cuba?

 

– No sé cómo, ni de dónde me saqué la repuesta y en mi inglés goleta le expliqué:  mire, señora, usted sabe, bueno, no sé si sabe que a este país no llegan medicinas, el bloqueo, la economía, la necesidad, y el gobierno ha dado órdenes de vitaminar algunos alimentos.  Como el arroz es nuestro plato principal, esas piedrecitas no son piedrecitas, sino pequeñas y diminutas vitaminas que dan fuerza y vigor.  Mi madre, que en esos momentos servía unos mojitos me miró con ojos desorbitados.  Tuve que aguantar la carcajada.  Pero lo más lindo del caso es que la gringa se tragó el cuento de las piedras vitaminadas y su esposo ni siquiera se inmutó.  Y ambas nos echamos a reír.  Pero eso no es nada.  Escucha esta otra historia.  Un día llegaron unos jóvenes holandeses.  Querían ir a bucear y andaban buscando un buzo y un barco.  Mientras comían me preguntaron si yo conocía a alguien que pudiera llevarlos hasta los arrecifes.  ¡Claro que sí!, les conteste.  Mi esposo es pescador y le gusta bucear y conoce el mar mejor que nadie.

 

– ¿Y eso es verdad?

 

– ¿Verdad? ¡Ya verás!  Esa noche, cuando le dije a mi esposo que consiguiera un bote y varios equipos de buceo pues tenía que llevar a unos chicos extranjeros a bucear, puso el grito en el cielo.  ¡Pero, Teresa!  ¿tú estás loca?  Yo ni siquiera sé nadar.

 

– No podemos perder ese dinero.  Son cincuenta dólares  ¿imaginas todo lo que podemos comprar con esos cincuenta dólares?  Mira, Miguel, ellos no te conocen.  Busca a un buzo y compartimos la ganancia.

 

– No hemos perdido el sentido del humor.  Lo llevamos escondido debajo del pelo, pues se nos prohíbe hasta la risa.  Yo solo quiero trabajar en paz.  No pido nada más

 

Y mientras decía esto, Teresa recogía con habilidad los cascos de la langosta que mi esposo devoraba con apetito descomunal.

 

– Teresa, no te preocupes.  Déjalos en la fuente.  No me molestan.

 

Pero Teresa, haciendo caso omiso continuaba llevándose los cascos.  Más tarde nos confesaría que recoger el cuerpo del delito es casi un ritual de supervivencia “paladaresca”.  Está prohibido servirles langosta a los turistas.  Si llegan los inspectores y encuentran residuos del crustáceo más codiciado en la isla, me cierran el paladar y me confiscan el negocio.  Ustedes no pueden entender cuán difícil es la vida en este país.

 

Y así, entre risas y bromas, langostas prohibidas, buzos que no saben nadar, piedras vitaminadas y chistes a media voz, pasamos la noche.  Nuestra única noche en Puerto Esperanza.  Todavía hoy, la risa franca de Teresa resuena en mis oídos y todavía puedo saborear su comida exquisita, la mejor que tuve la oportunidad de compartir durante mi reciente viaje a Cuba porque aquella comida estaba adobada con la sazón de Puerto Esperanza, y, definitivamente, con la ciencia culinaria y milagrosa de mi abuelo.


Publicado en el Internet:  9 de septiembre de 2004.

Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas