Reseña

 

Prof. Estela García Cabrera

Directora Revista Horizontes

Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

 

Arias, Mercedes, Enlazando gallotes, Panamá, Editorial del Círculo de Lectura de la USMA, 2002.

 

Desde Panamá nos llega la obra Enlazando gallotes de la joven periodista y novelista, Mercedes Arias, la que, con gran placer, procedo a reseñar, no sin antes agradecer a la autora la gentileza al hacernos llegar su obra, lo que representa una línea de comunicación abierta entre Horizontes, revista de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico y la literatura panameña.

 

Recientemente asistí, en nuestra universidad, a una conferencia muy interesante dictada por el notable crítico español, estudioso de la literatura hispanoamericana, profesor de la Universidad de Valladolid, Dr. José Luis de la Fuente, titulada “Los hijos de Cide Hamete Benengeli, manuscritos en la narrativa de Puerto Rico”.  Aunque la presentación del Dr. de la Fuente limitaba el tema a la narrativa puertorriqueña, es evidente que estos hijos de Cide Hamete Benengeli resurgen, a cada paso, por cualquier punto de la América española.  Al igual que hace Cervantes en El Quijote, Rosario Ferré y Olga Nolla, en Puerto Rico y José E. Rivera en La vorágine cuando confiesa en el prólogo de su obra haber arreglado “para la publicidad los manuscritos de Arturo Cova, remitidos a ese ministerio por el Cónsul de Colombia en Manaos”, por citar algunos ejemplos, Mercedes Arias en su Nota del Editor, atribuye a Louis Fernández unos diarios que recogen los últimos meses de la vida de Arnoldo Mendieta, con el testimonio de las torturas, vejámenes y violaciones de las que el joven fue objeto durante su cautiverio hasta culminar con su muerte, “un paso adelante en el retroceso irremediable de las democracias americanas” (105).  El texto, fue, con posterioridad, remitido al representante local de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por lo que esta Nota del Editor pone al lector en aviso sobre el contenido de la novela.  Una vez más nos enfrentamos al recurso del manuscrito que recoge con estilo realista, hiperbólico, cínico, irónico, irreverente, farsesco y hasta con escarnio, la realidad de nuestros países.

 

La narradora – personaje, Sandra Mendieta, nieta del matrimonio Girones-Cedeño, eje familiar de la narrativa, escribe la historia de su hijo y la de su familia.  Confiesa que sus memorias comienzan “con la vida en un llanto atorado en la garganta” (200) y deposita en el botánico Olivier Fernández, padre de su hijo Arnoldo, concebido durante su estadía en la clínica bajo un estado comatoso a raíz de haber sufrido ella un accidente automovilístico, la historia de su hijo, unas memorias dolorosas, producto del encierro y de las torturas sufridas por el joven.

 

Enlazando gallotes tiene un título muy sugestivo.  Un gallote, en Panamá, es una especie de gallinazo negro o ave de rapiña que usa su excelente visión para encontrar alimentos.  Se alimenta de animales muertos y otras carroñas.  El título nos remite, sin lugar a dudas, a un complejo simbolismo a lo largo del texto en el que la autora nos enfrenta al amor, al odio, al despecho, al ansia de poder, a las alegrías, los sueños, los fracasos y los vaivenes de la política latinoamericana con habilidad y maestría; y a unos personajes tan negros y nauseabundos como los gallotes del título.  Todo está aquí y como trasfondo a la anécdota, se nos revela el ambiente político, el mundo agitado y convulso de la política panameña con sus ramificaciones que alcanzan tanto la realidad cubana como la dominicana y la vida en el Perú.

 

El relato se inicia en Panamá donde Elida Cedeño, la abuela y matriarca de la familia, redacta su testamento.  Desde estos párrafos iniciales quedan al descubierto las habilidades narrativas de la autora, especialmente en lo relativo a la expresión hiperbólica, a la ironía, a la fantasía y al sentido del humor.  A través de la retrospección viajamos a Cuba para conocer los inicios: el primer encuentro y posterior enlace matrimonial de la cubana Elida Cedeño con Unamuno Girones, español, de origen asturiano, quien intercambia su país natal por la aventura americana.  Aunque el destino inicial de Girones era Jamaica, la construcción del Canal de Panamá le hizo cambiar de rumbo y tan drásticamente fue el cambio que, al desembarcar en Cuba en 1904 para casarse con Lolita Borrel, una parienta a quien no conocía y con quien llevaba carteándose cuatro años, un juego de parchís lo lleva perdidamente a los brazos de una niña de catorce años “y ya no hubo nada que hacer” (17).  Lolita Borrel queda plantada prácticamente ante el altar.  La humillación la enloquece por lo que Unamuno determina “que había sido muy sabio en su elección de no desposarse con una criatura defectuosa” (21).

 

Comienza así la historia familiar de la pareja Girones-Cedeño y de sus descendientes panameños, pero Lolita Borrel siempre estará presente y las vidas de los hijos y nietos de todos ellos se entrecruzarán a lo largo de la novela en una especie de triángulo de “emociones en contrapunto, aunque la de ellos es la crónica de un triángulo circular, pues la novela abraza a los tres y a sus descendientes en una elipse que da fe a la tesis de que el devenir humano siempre se mueve en espiral” (Ricardo A. Ríos Torres, USMA).

 

El trasfondo del texto es la vida socio-política y económica del Caribe:  Panamá, Cuba, la República Dominicana y sus ramificaciones, que alcanzan hasta el Perú.  Como telón de fondo se alude a Fulgencio Batista, a Fidel Castro, a Rafael Leónidas Trujillo, a la Revolución Cubana... e incluso se presenta cínicamente a Panamá, como país de asilos políticos:

 

Panamá tenía en este sentido un historial de lujo, ya que inició el Proyecto Asilo primero con los españoles fascistas y luego con los republicanos.  Juan Domingo Perón también fue uno de los beneficiados, así como un ecuatoriano y dos ogros haitianos (177).

 

En un proceso muy a tono con el realismo mágico que nos recuerda a García Márquez, Cecilia, la esposa de Unamuno Jr. decide viajar a Cuba, en un viaje hacia el pasado (1902) en medio de una ocupación militar norteamericana en virtud de la Enmienda Platt.  Este viaje tiene varios motivos: conocer, por un lado a la antigua prometida de su segundo suegro, la cubana Lolita Borrel y por otro, trazar un cuadro de la vida en Cuba de principios de Siglo XIX: un mundo bucólico y pastoril, regido y protegido por un puñado de familias relacionadas entre sí en múltiples combinaciones – vida que encuentra profunda correlación con la que se narra en el texto.

 

Por momentos, la prosa de Mercedes Arias se vuelve metafórica, poética, mordaz, irreverente y antagónica:

 

Unamuno había vuelto a ser un esposo ejemplar, ilusionado, otra vez, igual que la tarde del parchís, con su Elida, dientes de dominó, que lo seducía.  De vez en cuando se acordaba de la promesa rota a Lolita Borrel, pero el remordimiento engavetado  hace años.  También se le había perdido junto con la única foto de ella que le quedaba.  Hasta ese último día, cuando buscó el remordimiento como un loco... y lo encontró esperándolo (63)

...     ...         ...         ...         ...        ...        ...         ............

 

Los recuerdos de la promesa rota le bajaban como nudos por todo el sistema digestivo y supo en ese momento que se moría, no del cáncer, sino de una culpa galopante metastizada por los años por todo el cuerpo (66).

 

De aquí pasamos a la historia de la construcción del Canal de Panamá, a la historia de los primeros años de Unamuno Girones, en Asturias y a las nostalgias cubanas de Elida Cedeño, así como a la historia matrimonial de La Beba, primogénita de la familia Girones-Cedeño casada con Víctor Fajardo, una especie de oportunista trepador de peldaños, como muchos políticos latinoamericanos.

 

Uno de los pasajes más hiperbólicos de la novela es el viaje a nado que realiza Maruca, la hija menor de Lolita Borrel, desde la costa habanera hasta “Key Byscaine”en La Florida, motivo que Mercedes Arias utiliza, para enlazar los descendientes futuros de las tres familias.  Entrenada como nadadora profesional, Maruca se lanza al mar durante una competencia,

 

alternando cada cincuenta metros libres con cien metros en estilo mariposa, hasta que abrió los ojos dos días después cuando el cansancio la ahogaba y supo en su mente que se hallaba ya muy lejos, fuera de las aguas territoriales de su querida Cuba (98).

 

En una historia literaria que tiene como escenario países de turbulencia política y toda una herencia de dictaduras militares con las consabidas torturas y crímenes como han sido Panamá, Cuba, la República Dominicana, no puede estar ausente el tema del caudillismo con todo lo que éste tiene de cruel, de inhumano, de aberrante.  Sandra Mendieta narra, con profundo realismo, con dolor y crudeza la historia de las torturas que sufrió su hijo Arnoldo a manos, precisamente, de su tío carnal, Horacio Mendieta especie de ogro, inhumano y cruel:

 

A cada época se le teje su propia leyenda y Horacio Mendieta no necesitó morir para convertirse en monstruo.  Su reputación la hizo en vida, entre el terror y la mugre, pecando como ningún otro por el crimen máximo de estrangular sin melodramas, sangre de su propia sangre, a su sobrino carnal, Arnoldo Mendieta (126).

 

Vayamos directamente al testimonio:

 

Durante su período en cautiverio nunca recibió visitas.  Ni aún Sandra, definitivamente con las conexiones correctas, pudo persuadir a su hermano para un ingreso furtivo a media noche y llorar junto al hijo.  Escribió artículos en periódicos extranjeros, pues los nacionales hace ya ratos que estaban censurados y movilizó la opinión pública, pero sin resultado alguno.  Aún Amnistía Internacional movió cielo y tierra, pero Arnoldo Mendieta permaneció incomunicado en “La Marimba”, hecho un guiñapo, vejado, golpeado, sucio y amoratado.  Y murió así, sin hacer bulla, un lunes cualquiera, convertido en cosa, solo y escamado por la psoriasis; y contra todos los pronósticos de conciliación nacional, su muerte fue un paso adelante en el retroceso irremediable de las democracias americanas (105).

 

Ya en los últimos capítulos aparece el personaje de Gregorio Parmenio Girones.  Con él está  a punto de consumarse, finalmente, la unión entre los Girones-Cedeño y los Borrel, después de muchas vueltas de la vida.  De su relación extramarital con Lola de la Fe, descendiente de la cubana Lolita Borrel, nacerá Lenin Gergorio Parmenio II.  Educado en un colegio militar del Perú, probablemente algo semejante al que describe Vargas Llosa en La ciudad y los perros, Parmenio II se convertirá, años después, en dueño del Perú.

 

Se narra, entonces, la subida y la caída de Parmenio.  Su rostro aparecía en los noticieros locales e internacionales a consecuencia de las matanzas que se le acechaban.  La suya es la historia de cómo se construye un dictador latinoamericano.

 

La novela termina sorpresivamente con una narración en primera persona.  Todo ha sido un viaje de Descubrimiento.  Sandra Mendieta nos ha contado la historia de su familia que es también la historia de la opresión, de la indecencia, de la corrupción, del ansia de poder desmedida tanto en lo político como en lo económico.  Es la historia de la impotencia, de la tristeza sin identidad y sin conciencia, es la desgarradora historia de nuestros pueblos latinoamericanos inmersos en el dolor, en los sueños, en los fracasos, en las complejidades y en las ambigüedades de la vida cotidiana.

 

Definitivamente el texto resalta por el estilo en el que está escrito.  El juego temporal entre el pasado y el presente es casi constante.  Los símbolos se imponen.  La anécdota –al parecer ficticia– es metafórica.  La autora posee gran habilidad para la ironía.  Su prosa fluye con naturalidad mientras se adentra en el complicado mundo de las relaciones humanas sobre el telón de fondo configurado por la historia, la paradoja y los antagonismos propios de la vida y la política latinoamericanas.


Publicado en el Internet:  17 de septiembre de 2004.

Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas