FALLOS

 

José R. Feliciano Rivera

 

                                                                                     Yo fui el que mato a ese hombre.

                                                                                     Veras en el la imagen de todos los

                                                                                     hombres, Realidad.

                                                                                                          Veinte siglos.

 

El escritor se derrumbo de su silla no mullida. Dos papeles cayeron al suelo y se mojaron con el café que se derramo de su taza adornada con manzanitas danzantes en medio de un distintivo -Teachers- y cuatro libritos sin autores. La primera línea de su ensayo, conjugada en verbos en primera persona plural, interrumpía el banco de las paginas sin alma. Se había desplomado diez segundos antes, exactamente diez, ni mas ni menos, de terminar el pensamiento. Si hubiera estado despierto, habría contado las décimas y las centésimas de esos segundos, habría dicho que el tiempo quería apoderarse de su lineal existencia. Habría filosofado sobre la vida, el placer, el amor, las voces ibéricas, las noches de encanto, el primer beso, lo deportes marítimos, el ajedrez, la ciencia de la psiquis, y no se habría desplomado lejos de lo que el defendió con tanta vehemencia.

 

El papel se lavo con el café: hoy vamos a hablar sobre mi literatura. la clase lo miraría sin rubor, y la niña rica, con su cara de Vogue y su reloj Rolex, lo atisbaría con aquella sonrisa infame. sonrisa del mayor aburrimiento, del cotejo de un alma sin alma, de un espíritu burlón de los infiernos. ¿Puedo hablar de mi literatura? la que yo he escrito, la que jamás he publicado. Se había deplorado, el café corría, el corazón ya casi no latía, la cara se estremecía en golpes de dolor que no se aíslan.         Dije que mi literatura no se ha publicado.

 

Diría, si pudiera contar desde el tiempo, que sus cuentos están poblados de mujeres niñas, mujeres hembras, mujeres manipuladoras, mujeres hombres, mujeres sensuales, mujeres atrevidas. Explicaría, si pudiera, que todas esas mujeres tenían una función en su obra. Alguna vez le explicare a alguien que si quería estudiar mi narrativa o mi poesía el tema perfecto era "la destrucción de la mujer en perencejo," y me contesto, cuando escribas algo yo tendré catorce doctorados, trece libros escritos y estaré cansado de investigar.

 

Se preguntaría (seguía la chica de Vogue mirándolo con la poca atención que da el dinero), ¿alguna vez se ocuparan de mi María Solá, Magali García, Ángela Maria Dávila, Ana Lydia Vega o Rosario Ferre? ¿Me caerán encima por antifeminista?   ¿Descubrirán a aquella seudo heroína que da la vida por un hombre por que el estado quiere quitarle a el setenta y cinco porciento de su bienes ?  ¿O verán a la que abandona todas sus cosas por seguir a un hombre?  No se enteraran, probablemente, de la que se aprecia al loco y lo llevaba a siquiatra. Me acusaran de machista, pensaran que no he dado un paso hacia cambiar el concepto de que un voz narrativa es siempre la misma, aunque sea mujer.   ¿Puedo hablar de mi literatura?

 

En los poemas, diría también si pudiera terminar ese ensayo, la mujer aparece desnuda, lejana, intocable, satisfecha. Aparece riéndose de su propia castidad, como si la vida la hubiera hecho superior al hombre, como si lo manejara: la que seduce al clérigo, la que escribe mejor que su marido (esto es una interpolación de la obra d Donoso), o la demente que sale desnuda, con una daga en la mano, para matar al compañero de interno del hospital que la ha besado (razón: le ha dicho que ella no sabia besar porque le mordía la lengua.)

 

La chica de Vogue es digna de un poema, pensaría sino se hubiera derrumbado de aquella silla de madera atascada contra la mesa pequeñita atiborrada de libros y papeles, con la maquina eléctrica encendida, que tocaba un silbido monótono y pesado, angustiante y astutamente tecnológico. Si, tiene esos ojos grandes, pardos, con un "flip" como de los sesenta y un cuerpo de Venus de Milo con brazos. Siempre esta cansada. ¿Lo hará cansada? me gustaría probarlo, cavilaría si el corazón hubiera latido un poco mas.

 

La clase seguiría, y el veterano de Vietnam que estudia para que le paguen bostezaría cuarto veces seguidas, miraría al del al lado y se reiría, no joda mas, viejo pendejo, ¿para que trae esa mierda al salón? Eso no es un libro, eso se lo invento usted que no es mas que un estúpido maestro de gramática. Usted no escribe nada. El veterano se acurrucaría en su silla y lo observaría, sin decir un palabra. ¿puedo decir algo sobre mi literatura?

 

Diez segundos antes de terminar la primera oración, sintió un súbito dolor de cabeza. He leído demasiado hoy. Hablaremos de mis primeros cuentos, de aquellos que compuse sentado debajo de un palmar, mirando al mar, oyendo las garzas y los pelícanos revoltear antes de lanzarse al agua a buscar su presa. Los cuentos que me inspiraron las sirenas de la escuela superior, Ana, Aurora, Elena, Marilyn, Wanda...

 

Cuatro segundos después decidió ir a trotar a la pista: el medico me lo ha dicho, debo hacer ejercicio. Hablaremos asimismo de los poemas de mi edad madura, esos que hemos sacado de mi interior iluminado, que no he dedicado ha nadie, sino a mi propio concepto de la humanidad.

 

En la esquina del salón, con unas gafas obscuras, una barba abundante y la desfachatez de una autoridad imperial, un estudiante apuntaría en su libreta: pierde el tiempo en sandeces, pero también aprovecha la oportunidad para introducir conceptos comunistas: habla sobre la Nueva Trova, sobre unos poetas de la década de los sesentas que se caracterizaban por una literatura llena de infundíos contra el gobierno; incluso ha hecho énfasis en que no somos estado de la nación americana; habla y critica duramente la posición de Estados Unidos en la guerra de Vietnam.

 

El veterano de Vietnam aplaudiría cuando el escritor se proclama antibelicista, objeto por conciencia, y le diría que tenia razón, que el estaba loco por la causa de esa maldita guerra, que todo lo que dicen de ella es falso, que los americanos se auto acucian como los bienhechores del genero humano, cuando en realidad el se había tenido que meter pasto, coca, pepas, y de cuanta madre Dios creo para entrar en aquellas villitas a destrozarlas, con todo y niños adentro, o para coger a aquellas muchachitas y violarlas por detrás, o para cargar las cabezas en las bayonetas después de matar a los soldados.  Si, diría, eso, porque el escritor habría leído en voz alta la poesía de Iván Silén o José Manuel Torres Santiago, o la de Ruscalleda, o la de Carmelo Rodríguez Torres.

 

Tres segundos antes de ensayar la entrada a un tema tan escabroso, los gases le salían por la boca y por el intestino; sintió dolores punzantes en el vientre, la respiración se le cortaba sin aviso, y pensó, me tomare una 7-Up, eso me hará salir lo gases; se levanto y fue a la nevera: dos latas de salchichas, un queso, pan Holsum, hot dogs y Swanson's; la 7-Up estaba medio caliente, no hay hielo, el agua que se convierte en sólido, entonces si que podría caminar por encima de ella, la veo sólida, sólida, la 7-Up entro en su cuerpo, boto tres gases, por detrás y por delante.

 

Dos segundos después se sentó otra vez a redactar la clase, y en la clase volvía a ver la cara del veterano, y en la cara del veterano cristalizo un recuerdo demasiado antiguo: resucito a la novia sofisticada, aquella que le hablaba de literatura, la que le mostraba los escritos para que el le diera su opinión, la del puerto, la que le gustaba ver las luces de los barcos y redactar poemas eléctricos de OVNIS y tanques de guerra, la que le había dicho alguna vez, ese cuento sobre el veterano de Vietnam no tiene vida, porque no has estado allí, yo lo he vivido, yo tuve un novio veterano, deberías poner frases de este estilo: ¡ay!, no dejes que me siente así, el casquillo de la cadera se me incrusta y me duele, no me hagas nadar, que me duele la pierna, ¡ay!, mis sueños no me dejan dormir, pase dieciocho días en una trinchera de puertorriqueños, sin agua, sin pan, sin cigarrillos, con bombas, con angustia, con muerte, con no volveré a ver el Viejo San Juan, La Caleta o la estatua de Hostos en Mayagüez con Orientales que nos emboscan, con su crueldad sin limite, sofisticada, no me ajoren que no funciono. Sintió celos aquella vez que ella le dijo que fue mi novio, y el pensó, la beso, la toco, poseyó sus ojos y su mirada, su aliento; el recuerdo murió rápidamente.

 

El veterano se habría calmado, la niña de Vogue le sonreiría sin ganas y el volvería a la realidad. Otros diez segundos mas y siente padece, un puntosazo pertinaz en el brazo izquierdo, lo percibe incapaz de movimiento; busca en el escritorio la nitroglicerina y se pone una pastilla bajo la lengua, pero el sudor se le seca en la camisa, el papel bajo su mano se arruga, el veterano de Vietnam grita, abajo la guerra, la chica de Vogue se desnuda delante de el, la novia lo besa y le dice ahora te quiero a ti, sus cuentos se aparecen como fantasmas, ¿puedo hablar de mi literatura?, el dolor penetra todos sus miembros, y ve la mesa acercarse como en un abismo insalvable, el encubierto gafú, barbú, imperioso, se sonríe abruptamente, se coloca un pañuelo entre los dientes, se toca las costillas y se asfixia, se jodió el pendejo comunista; un sacerdote de su infancia lo visita entre brumas y le reza en los oídos, hijo, no te casaste, hijo, no pudiste, hijo, no te viniste, hijo, no lo bautizaste, hijo, no subiste; los dientes se sienten como medallas de un serrucho filoso en sus labios, en su lengua; la lengua pesa, pesa, ¡ay!, me duele el pecho, y la literatura pasa por sus ojos , hijo, no ganaste el premio Nóbel; la silla se atasca, los papeles vuelan, el pecho se le rompe como una cañería, el brazo se rompe al caer, el hueso pierde su liquido, este poema esta incompleto, o tiene versos de sobra, demasiados versos, habría querido decir todo esto, habría querido vivirlo todo, salvarse de la vida, poseer la riqueza y la ricura de la niña de Vogue, el antibelicismo autentico y experimentado del veterano, la autoridad del encubierto, habría querido satisfacerse, vencer la angustia de ese  nihilismo subrepticio que le roía el pensamiento, pero se derrumbo, en diez segundos lentos y pesados, de la no mullida silla.


Publicado en el Internet:  13 de diciembre de 2004.

Concepto y Diagramación del Dr. Cirilo Toro Vargas